El joven dormitaba plácidamente, mientras soñaba ser
el dueño de una gran empresa y con ello los problemas que traía tal posesión;
sin embargo, un atronador ruido lo hizo despertar de su sueño, pues era hora de
empezar su frenética jornada de mensajería. Como una exhalación se dirigió al
baño y jabonándose se dió cuenta que
había empezado este día bastante mal: ¡se había levantado con el pie izquierdo!
Asustado por el momento en que el mal hiciese de lo premonitorio algo
verdadero, no se percató que el espejo estaba sobre la tapa del sanitario y al
sentarse lo empujó con su espalda; al caer se rompió en mil pedazos, con tanta
la mala suerte que uno de los pequeños fragmentos se vino a parar preciso
frente al joven. Mientras observaba parte de su rostro en este pequeño
fragmento de infortunio, se tomó la cabeza y mirando al cielo imploró por su
trágica Moira.
Luego de barrer su desgracia fue a vestirse. Para
hacer una pequeña contra a este ineludible destino, se colocó el talismán que
le había regalado la abuela y claro, el consejo que ella siempre le daba en
estos casos de emergencia: “no se le olvide mijo, cuando todo este perdido la mejor contra, son los calzoncillos
rojos”. Pronto y sin desayunar, tomó la encomienda que le faltó entregar el día
anterior y después de ver la dirección, se rascó la cabeza y dijo para sí:
-¿Qué he hecho para merecer esto? Todo porque el número de la oficina a la cual
debía entregar el envío era el trece.
Después de subir con suma precaución por el
edificio –por eso de no aumentar aun más el mal sino, entregó la encomienda y bajó rápidamente. Con
la cabeza gacha y las manos en los bolsillos, imaginaba cual iría a ser la
suerte que le deparaba el destino; de pronto de la nada salió un gato negro que
pasó frente al él. Rápidamente tomó con la mano derecha el talismán y empezó a
recitar la oración de contra para estos casos. Mientras lo hacía una voz fuerte
le gritó: ¡Cuidado abajo! El joven tornó su mirada a la fuente de la voz y al
hacerlo se dio cuenta que preciso pasaba por de bajo de una escalera. Ya no
aguantando más corrió lo más que pudo hasta llegar a la oficina y así poder de
cierta manera resguardarse de su inevitable destino.
Pálido y jadeante llegó a la oficina y queriendo ir
a tomar un poco de agua la señora de aseo lo tomó del brazo con bastante sigilo
y lo llevó a la cocina. Luego de mirar de un lado a otro, la señora
susurrándole al oído le dijo: - José nos ganamos la lotería que jugamos en
compañía. La señora lo abrazo de alegría, mientras él lloraba. Ella sonriente
le dijo: yo también lloré mijo de alegría, pues estas cosas casi no le pasan a
los pobres. El joven la miró a los ojos y mientras movía tristemente su cabeza
de un lado a otro le dijo: No lloro de alegría María, lloro de tristeza, pues
las contras no me sirvieron de nada.
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