domingo, 4 de mayo de 2014

LA CONTRA



El joven dormitaba plácidamente, mientras soñaba ser el dueño de una gran empresa y con ello los problemas que traía tal posesión; sin embargo, un atronador ruido lo hizo despertar de su sueño, pues era hora de empezar su frenética jornada de mensajería. Como una exhalación se dirigió al baño y  jabonándose se dió cuenta que había empezado este día bastante mal: ¡se había levantado con el pie izquierdo! Asustado por el momento en que el mal hiciese de lo premonitorio algo verdadero, no se percató que el espejo estaba sobre la tapa del sanitario y al sentarse lo empujó con su espalda; al caer se rompió en mil pedazos, con tanta la mala suerte que uno de los pequeños fragmentos se vino a parar preciso frente al joven. Mientras observaba parte de su rostro en este pequeño fragmento de infortunio, se tomó la cabeza y mirando al cielo imploró por su trágica Moira.

Luego de barrer su desgracia fue a vestirse. Para hacer una pequeña contra a este ineludible destino, se colocó el talismán que le había regalado la abuela y claro, el consejo que ella siempre le daba en estos casos de emergencia: “no se le olvide mijo, cuando todo este  perdido la mejor contra, son los calzoncillos rojos”. Pronto y sin desayunar, tomó la encomienda que le faltó entregar el día anterior y después de ver la dirección, se rascó la cabeza y dijo para sí: -¿Qué he hecho para merecer esto? Todo porque el número de la oficina a la cual debía entregar el envío era el trece.

Después de subir con suma precaución por el edificio –por eso de no aumentar aun más el mal sino,  entregó la encomienda y bajó rápidamente. Con la cabeza gacha y las manos en los bolsillos, imaginaba cual iría a ser la suerte que le deparaba el destino; de pronto de la nada salió un gato negro que pasó frente al él. Rápidamente tomó con la mano derecha el talismán y empezó a recitar la oración de contra para estos casos. Mientras lo hacía una voz fuerte le gritó: ¡Cuidado abajo! El joven tornó su mirada a la fuente de la voz y al hacerlo se dio cuenta que preciso pasaba por de bajo de una escalera. Ya no aguantando más corrió lo más que pudo hasta llegar a la oficina y así poder de cierta manera resguardarse de su inevitable destino.

Pálido y jadeante llegó a la oficina y queriendo ir a tomar un poco de agua la señora de aseo lo tomó del brazo con bastante sigilo y lo llevó a la cocina. Luego de mirar de un lado a otro, la señora susurrándole al oído le dijo: - José nos ganamos la lotería que jugamos en compañía. La señora lo abrazo de alegría, mientras él lloraba. Ella sonriente le dijo: yo también lloré mijo de alegría, pues estas cosas casi no le pasan a los pobres. El joven la miró a los ojos y mientras movía tristemente su cabeza de un lado a otro le dijo: No lloro de alegría María, lloro de tristeza, pues las contras no me sirvieron de nada.

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