martes, 17 de febrero de 2015

TENER



Tras veinte largos años de vida marital y mi quinto día como empleado en una fotocopiadora…
-Buenos días jefe.
-Bonita hora de llegar, es que acaso se le olvidó que usted tiene que estar aquí a las siete de la mañana en punto y no las siete y diez.
-Jefe discúlpeme esta vez, es que el bus en que venía se varó y aunque me bajé para coger otro, se demoró mucho en pasar-.
-Ya me tiene usted cansado con todo ese poco de disculpas, la mejor pedagogía que se debe emplear en estos casos es la sanción económica; entonces mi “querido amigo” le tendré que descontar una hora de su salario para que así no se le olvide llegar temprano al trabajo.
Luego de una extenuante jornada, me cambié agotado el overol. Ya listo y mientras secaba el sudor de mi frente me despedí del jefe y salí rápidamente a tomar el bus. Me bajé una cuadras antes de llegar a casa pues
. recordé que tenía que comprar algo a Marta, así que tomé un atajo para llegar más rápido a la tienda. Mientras meditaba por el caminillo que por cierto estaba raramente oscuro, dos jóvenes rompieron ipso facto con mi reflexión. Prontamente mi circulación se aceleró pues ambos estaban armados; uno de ellos mientras me amenazaba, me gritó:
 -Deme lo que tenga-.
Temblando, metí la mano al bolsillo, teniéndome que despojar del poco dinero que me acompañaba. Extrañamente quedaron satisfechos con lo que les entregué, así que luego del susto y de tomar un poco de aliento me devolví del condenado atajo para retomar el camino a casa. No queriendo llegar a casa pues imaginaba la cantaleta de mi mujer cuando supiera lo que pasó, me tuve que resignar pues no tenía otro lugar al cual llegar. Toqué la puerta y Marta después de abrirla, me gritó:
-Usted si no tiene ni pizca de responsabilidad ¿acaso se le olvidó que tenía que estar aquí a las siete de la noche?-
-¡Discúlpame amorcito! es que para comprarte lo que me pediste, quise tomar el atajo que atraviesa la cancha de fútbol que queda en frente a la escuela del barrio, y desafortunadamente unos ladrones me quitaron todo el dinero que tenía-.
-Usted no tiene ni pizca de amor propio. ¿Cómo es que le da por meterse por ahí? Imagínese que esos malandrines le hubieran hecho daño ¿quién habría tenido que correr al hospital? ¡ay mamá! como tenías de razón, y yo de bruta no te escuché-.
Luego de mirarme fijamente a los ojos –que agradecí no fueran un arma letal- se dirigió refunfuñando a la cocina, para servirme la comida que tras de fría no tenía sal.
Cuando terminé de comer, me fui a ver las noticias o cualquier cosa que me distrajera por un momento mientras llegaba la hora de dormir. Sentado cómodamente prendí el televisor y ¡Oh sorpresa! Estaban dañados todos los canales: 
-Preciso tenían que dañarse todos los canales-.
Me paré para ver si el problema era del cable y desde la pieza Marta me gritaba:
-¡Ahí tiene!, Como siempre cree que es uno el que tiene que estar haciendo cola para pagar.
-¡Maldita sea la vida que tengo! ¿Qué te costaba ir a pagar? ¿Acaso el acuerdo no era que yo tenía que dar la plata y usted pagaba?
Ella sin responderme, apago la luz de la pieza y luego se acostó. Sin nada que hacer, me cambié la ropa para ir a dormir; sin embargo como aún era tan temprano, traté de limar asperezas con Marta, pero ésta al sentir que uno de mis dedos tocaba su espalda, volteo rápidamente y me dijo:
-¡Ah! ¡con que esas tenemos!  Pues si quiere tiene que ganárselo y hoy no hizo nada para lograrlo-.
Luego de ello volteó y se cobijó de nuevo. Aburrido y mirando el cielo raso,  pensaba en lo penoso de tener esta vida.
Tal vez estas sean razones de sobra doctor para que usted se dé cuenta por qué ahora este verbo ya no tiene ningún sentido para mi vida, ahora ando desnudo por las calles y hablo a personas que para usted solo están en mi mente. El doctor al ver como su paciente a medida que iba contando su relato se exitaba cada vez más, le sonrió un tanto alarmado y llamó a la enfermera sin quitarle la mirada. La enfermera entró al consultorio y al hacerse al lado del doctor, éste con voz susurrante le dijo:
-Pronto, llame a los enfermeros. ¡Ah! Y dígales que traigan sedantes.