Nació y lo primero que sintió suyo fue un
apéndice carnoso que le proporcionaba alimento:
- ¡Esto si que es mío! Se decía para sí. Creció
unos centímetros y aquello que él creía ser dueño, le entregó una simulación
del apéndice; pero en látex.
Luego vio el lugar que lo rodeaba y se
auto-proclamó como su dueño y señor. Pronto creció unos centímetros más y
tristemente se dio cuenta que el dueño de aquel lugar era otro mucho más grande
que él.
Se hizo joven y se enamoró de una bella
chica. Ahora era dueño del corazón de su amada; mas duró poco pues otro joven
más simpático que él se la arrebató.
El tiempo pasó aún más y le enseñó al ahora
adulto, que de lo único que era dueño era de su vida, que era él el hada o el
verdugo de sí y la certidumbre entró a su alma.
Ya viejo una lúgubre mujer tocó a la puerta
pidiéndole lo que era de ella. Confundido el viejo le dijo que su única
posesión era la vida. Ésta mientras reía a carcajadas le hizo saber cuál era su
única posesión.