lunes, 27 de octubre de 2014

PALABRAS COMO BISTURI



Querido Juan:
Siempre que te observo: imagino tus fuertes brazos aprisionando mi cuerpo, haciéndome derramar gota a gota el manantial represado de mi amor.
Imagino tus manos tocando palmo a palmo las regiones más recónditas de mi gran selva; avasallándome cuan conquistador.
Imagino tus húmedos labios haciendo arder aquella foresta virgen que se esconde tras mi cuerpo. Imagino tus ojos acariciando las llanuras de mi alma, porque es en tus ojos donde se clava la esperanza, de aquel ser huidizo.
Imagino tu voz susurrando versos sin fin y que den fin a mi carencia.
Podría seguirte imaginando, hasta llegar a una de tus células y preguntarme el por qué lo orgánico que eres a mis ojos se hace ser alado.
Ángel divino y mágico, agradezco tu existir; sin embargo agradecería aún más  que el eco de mi lamento llegara al puerto allende de tu alma y que tan solo a este errabundo serecillo sediento de tu ser, le dieras como brújula tan solo una sonrisa.
Rosa.

Estimada señorita: 
Es algo extraño y a la vez paradójico que suscite esta clase de sentimientos a una mujer tan joven respecto a mi edad tan avanzada. Con lo anterior no pretendo ser insolente, ni mucho menos insensible, sobre todo sabiendo el criterio que a su juicio tiene el “alma”.
Cuando leía su carta, quise tratarme de imaginar cómo Ud. me “imagina” y ¡sabe!  Llegue a una flagrante contradicción.
Me hablaba de “manos, “brazos”, “ojos”, en fin de todas esas “partes” que creo me componen y me pareció especial lo quirúrgico que resulta ser el lenguaje.
Ud. me mutilo, corto mis brazos, mis manos, mis ojos y más aún llego a ver en estos últimos aquello que algunos aun refieren como “alma”.
Pero sabe, la consternación llego aún más hondo. Me pregunté por los límites de mí rebatido “todo”: ¿Cuál es el lugar donde puedo decir que mi boca deja de ser boca y pasa a llamarse mejilla o cara? Tratando de hacer aún más problemática la pregunta: ¿Existen las partes que componen un algo o son solo tales partes dadas por convención? ¿Las partes que componen algo a su vez no se encontraran compuestas de partes? ¿Será que no existen partes sino todo? Pero si existiera solo un “todo” ¿De dónde nace la pregunta por las partes?
Señorita francamente estoy conmovido por su carta y creo que se me presenta como toda una selva (no aquella “selva erótica” que creo trata Ud. de sinonomizar con el término), llena de caminos los cuales ninguno me llevan a la selva misma: ¿Son todos los caminos que componen la selva, la selva? ¿Es la selva los seres que la componen? ¿Entonces los seres serian seres o selva?
En fin, dejemos esto ahí  y por favor pase por su ensayo que a propósito pese a unos pequeños errores de forma su contenido está muy bien hilado.


lunes, 13 de octubre de 2014

EL MAR Y LA PLAYA, EL FUEGO Y LA MADERA



El mar bravío, avasallaba con su fuerte oleaje, la tersa piel de la playa,
ella ávida de su abundancia, absorbía palmo a palmo el ser de su amado.
El fuego abrasador, consumía con violencia, la tersa piel de la madera,
ella ávida de su abundancia, absorbía palmo a palmo el ser de su amado.
Pronto el mar se ausentó, mas le prometió a su amada, un pronto regreso; ella cuan Penélope atesoró en sus entrañas los recuerdos líquidos de su amado. El fuego ardía difuminando en su amada el límite entre brasa y madera. Ella extasiada estallaba de pasión copiosa.
El mar regreso rompiendo con su fuerza la nostalgia y liberando de nuevo al preso cupido. Con el mar llegó también su prima la brisa y del amor ardiente yacían tan solo cenizas.

miércoles, 1 de octubre de 2014

LAS HOJAS



Posterior a la caída periódica de las hojas de los árboles, la diosa natura decidió renovar de frondosa y verde melena a todos sus vástagos. Dentro de tan pródiga progenie, uno de tantos aposentaba en su follaje dos hojas muy juntas, que desde el mismo momento en que nacieron decidieron al envejecer, ser abono de su progenitor y así confundirse la una en la otra.
Cerca de ahí la planta procesadora de papel siempre ávida de hojas con que trabajar, enfiló sus deseos al hermoso árbol. Entre el grupo de las tantas hojas que cortó, cayeron aquellas que en algún momento se habían jurado amor abonadamente eterno.
Ambas en la planta procesadora fueron al igual que sus hermanas objeto de un sin número de vejámenes: secado, pulverización, blanqueado, en fin, todo aquello que se necesitaba para alcanzar el papel más óptimo; no obstante, este fin no diezmaba la inquebrantable alma de celulosa de las ahora hojas blancas, en tanto continuaba con cumplir su cada vez más lejana meta.
El destino que mira con desdén este tipo de obstinación, decidió hacer más allende el deseo de las amantes, pues hizo que ambas quedaran en resmas distintas y  fueran a parar a papelerías diferentes.
Después de un tiempo y sin que el sino se diese cuenta, un poeta a punto de estallar de intuiciones, raudo entró a una de las papelerías y compró una de las resmas, mientras que lejos de ahí pero en igual instante, un dibujante entrado a la otra papelería hacía lo propio con la otra resma.
Arribado el poeta a su recinto materialmente desordenado pero espiritualmente armonioso, se dispuso a proyectar todo su caudal creativo; mientras que lejos de ahí, pero en igual instante, un dibujante viviendo una similar circunstancia se dirigió a su escritorio a convertir sus ideas en trazos.
Luego de muchos ensayos el poeta llegó a la hoja veinticinco, donde pudo traslucir lo que las diosas le habían prometido… el poema perfecto; mientras que lejos de ahí, pero en igual instante, el dibujante en la hoja veinticinco pudo adecuar sus imágenes de manera casi perfecta a la realidad.  Ambos extasiados decidieron celebrar con licor su fantástico momento.
De pronto, de la nada, la naturaleza hermosa e impredecible decidió mandar sendas ráfagas de viento, una al recinto del poeta y otra al del dibujante. Como saetas entraron cada una por las ventanas de cada cuarto, e hicieron en ellos todo un torbellino de hojas e ideas. Las órdenes expresas de la natura, hicieron que sólo fueran escogidas de tal maraña las creaciones máximas y las ráfagas obedientes cumplieron a su bella madre.
Las que en algún momento habían decidido ser abono, se encontraron de nuevo donde mamá natura había escogido; no obstante, con un divino conjunto de trazos sobre sus pieles, un poema y un dibujo que las hacia ahora muy distintas.
Frente a frente, las hojas rompieron de frenética alegría cuando pudieron ver lo efímero de su diferencia, por cuanto el poema traslucía en palabras lo que mostraba el dibujo y el dibujo mostraba en trazos lo que decía el poema… y así su diferencia se hizo símil mas no igualdad; mientras tanto, natura y su amigo cupido alborozados podían ver como nacía de nuevo su más sagrado hijo.