Soy nervioso como todos; pero este
nerviosismo aumenta cuando veo aquello. Su
figura, su porte, su aspecto en general me aterrorizan:
¡Oh Dios por favor aleja aquello de mí!
Durante toda mi vida me han enseñado la fisonomía
de aquello a lo cual debo de temer; sin embargo, para este caso dichos patrones
resultan nulos.
Mi estremecimiento aumenta al ver cómo se
acerca a mí, no puedo mover una sola célula de mi cuerpo y el sudor es mi único
cobijo. Aquel ser dantesco ya frente a mí me saluda dejando tras de sí su
humor.
A mí auxilio se acerca alguien que me dice
al oído:
- ¡Te gusta esa muchacha! ¿Si quieres te la presento? Es muy amiga mía.