Jacinto enjaulado, no veía la hora de poder
salir y sentir el aire correr por sus fauces, sentir el agua del rio correr por
su cuerpo y sobre todo sentir de cerca el dulce aroma de una perra en celo.
Por un descuido de su amo, la ocasión se dio
y Jacinto como una exhalación se hizo libre. Adiós a la fea comida, adiós a su
polvorienta casa, adiós a las cadenas… ¡bendita libertad!
Alejado de su claustro muchos kilómetros,
quiso descansar, beber agua y comer un poco, pero no halló nada a su alrededor
para satisfacerse. Luego cayó una profusa lluvia que hizo que Jacinto empezara
a temblar de frío y las necesidades se hicieron aún mayores.
A la mañana y luego de caminar toda la noche
Jacinto estaba de nuevo en casa y él mismo se había colocado la cadena.