Y
el gran globo volaba al ritmo de la brisa de la tarde. Era un espectáculo
hermoso verle volar: sus colores, su tamaño, su imponencia. Todos deseaban
subir, pues según se decía desde él todo
se veía pequeño y se encontraba además el secreto para vencer
la naturaleza y transformarla a su antojo. De vez en cuanto tiraban
invitaciones y quienes lograban agarrar la suya subían afanosamente. Parece
según decían que todo por allá era tan bueno que nadie bajaba de nuevo. Había
algunos a quienes nunca llegaba invitación; pero paradójicamente eran sus
hombros los que sostenían a aquellos que podían agarrarlas.
Un día a uno de esos que soportaban en sus hombros el peso de los
demás, se le aproximó un raro animal, que con sigilo se acercó velozmente a su cuello inoculándole un extraño veneno. De pronto
del cuerpo de aquel desdichado hombre, emergieron unas hermosas alas, que le
permitieron subir al globo. Mientras subía, no entendía cómo una persona como
él había podido llegar tan alto, imaginando cómo contar a los demás la historias que viviría.
Ya
en el globo y sin darse cuenta una gran pala le golpeo tan
fuerte que quebró sus alas y rompió su cabeza cayendo casi muerto al piso. Al recobrar el sentido y sin
ser advertido, pudo ver una gran pila de hombres muertos que eran llevados con
unas grandes palas como combustible para la caldera que permitía al globo volar. El pánico
asoló el alma del joven y sin pensarlo se tiró al vacío. Mientras caía las
espinas de la verdad le hicieron llorar profusamente. Entregado a la muerte fue salvado por un ave que lo condujo a un lugar donde
vivían unos extraños seres que tenían forma casi humana. Con
gran asombro, vió como allí nadie llevaba a otro en sus hombros y atónito preguntó el
por qué. Un anciano se le acercó y con
una amigable sonrisa le indicó una inusual verdad que le supo veneno.
Luego
de haber agotado su combustible el globo se dirigió al lugar donde vivían estos
singulares hombres. Ya ahí y como de costumbre del globo tiraron una gran cantidad de
invitaciones; sin embargo, estos hombres en vez de subir mandaron muchos
de aquellos animales que inoculaban tan particular veneno.
Parece
ser que quienes manejaban el globo no se percataron de dichos animales y los
introdujeron en la caldera. Súbitamnete el globo y sus bellos colores empezaron a perder bits, sus bandas anchas se
encogieron, su imponencia perdió el poder y ganó la verdad. Cayendo esprepitósamente al suelo el globo encontró de nuevo que su fin era solo medio.
El polvo y el humo fueron presa del tiempo, mostrando de nuevo con el claro día que no había un sólo hombre sobre los hombros de otro. Unos y otros bañados de limpia luz pudieron así de nuevo verse a los ojos. Luego de tan grande
estallido los hombres se encontraron en un nuevo
pero no ajeno lugar. La naturaleza escéptica tuvo que de nuevo darle la razón a sus ancianos padres: el tiempo y el espacio.