sábado, 22 de octubre de 2016

EL EQUILIBRIO

Todo era paz y alegría en este lugar, todo lo creado era bueno
Los leones no comían ni aves ni cervatillos ni cebras, porque les podían hacer daño. Las cebras no comían pasto, tanto que ni siquiera lo pisaban porque le podían hacer daño. Las mariposas y las abejas no se posaban sobre las flores ¡cómo hacerle daño a tan hermosas expresiones de  amor de las plantas! 
Las plantas no enterraban sus raíces en la tierra porque le podían hacer daño. Las bacterias y los virus eran incapaces de procrearse en un organismo porque también les podían hacer daño. Todo era tan sincronizado que las hadas madrinas volaban tristes. Pasó el tiempo y los seres empezaron a morir de inanición, uno a uno desde los más grandes a los más pequeños iban cayendo… al final todos murieron.

Todo era guerra y dolor en este lugar, todo lo creado era malo.
Los leones comían aves, cervatillos, cebras, pasto, tierra y lo más terrible disfrutaban el hacerlo. Las cebras comían leones, aves, cervatillospasto, tierra y lo más terrible disfrutaban el hacerlo. Mientras los hervívoros comía disfrutaban con arrancar de raíz el pasto y por sobre todo ver la cara de impotencia de los leones. Las abejas y las mariposas se posaban en todas las flores no importándole la fecundación sino saciarse de su néctar, al punto de dañarlas. Disfrutaban estos insectos ver cómo los pétalos caían. Las flores en respuesta les salieron púas venenosas para devorar también los insectos y devorar también a sus hermanas cercanas a ellas. Las plantas enterraban sus raíces en la tierra tan hondo que absorbían hasta los tuétanos sus nutrientes. Las bacterias y los virus contaminaban todo a su alrededor. Los grandes organismos eran inocentes de estos terribles enemigos invisibles. Todo era caos y destrucción tanto que hasta las hadas madrinas corrían despavoridas. Pasó el tiempo y los seres empezaron a morir, uno a uno desde los más grandes a los más pequeños iban  cayendo… al final todos murieron.

Consternados el bien y el mal ya no sabían qué hacer. Se miraron fijamente y dijeron al unísono:
-¡QUE MÁS DA!

En el principio creó Dios los cielos y la tierra. La tierra era caos y confusión y oscuridad por encima del abismo, y un viento de Dios aleteaba por encima de las aguas... (Gn. 1, ver 1-2)

martes, 9 de agosto de 2016

LIBERTAD



Jacinto enjaulado, no veía la hora de poder salir y sentir el aire correr por sus fauces, sentir el agua del rio correr por su cuerpo y sobre todo sentir de cerca el dulce aroma de una perra en celo.
Por un descuido de su amo, la ocasión se dio y Jacinto como una exhalación se hizo libre. Adiós a la fea comida, adiós a su polvorienta casa, adiós a las cadenas… ¡bendita libertad!
Alejado de su claustro muchos kilómetros, quiso descansar, beber agua y comer un poco, pero no halló nada a su alrededor para satisfacerse. Luego cayó una profusa lluvia que hizo que Jacinto empezara a temblar de frío y las necesidades se hicieron aún mayores.
A la mañana y luego de caminar toda la noche Jacinto estaba de nuevo en casa y él mismo se había colocado la cadena.

miércoles, 9 de marzo de 2016

EL ORO Y LA ARENA



Para cualquier niño a los once años era común saber leer, pero no para mí, que donde vivía no existía ni siquiera escuela. Vivía en una playa con diez familias incluyendo la mía. En mi casa estaba con mi abuela, mis tres hermanos y mis padres. Desde que tenía uso de razón, siempre vi a mi familia moviendo la batea en el río, separando las muchas tristezas de las pocas alegrías, separando la arena del oro. 
Pasábamos los días, trabajando, jugando, bailando en nuestro pequeño trozo de paraíso en la tierra. Todo iba relativamente bien, hasta que lo idílico se hizo infierno: cuando un grupo de forasteros nos dijo que lo que por generaciones había sido nuestro era ahora de ellos. Mis padres y otros adultos no les creyeron a los forasteros pero la voz de las balas silenciaron la discusión. Mis hermanos, mi abuela y los pocos que quedamos vivos huimos como pudimos del edén.
Separados del paraíso, llegamos a las afueras de la gran ciudad. Hacinados en aquella pequeña casa, las ahora trece personas hacíamos lo posible  por sobrevivir en la atiborrada casa de la tía. Veía cosas que otros no veían y la tristeza me embriagaba, pues tanto gris de la cuidad se chocaba con mis recuerdos en verde selvático y profundo  pacífico. Mis pequeños hermanos parecían disfrutar su nuevo mundo, no podían entender aún la triste e impotente mirada de mi abuela.
Aún no sabía leer y desconocía los mundos que te brinda tener este preciado bien; pero todo eso cambió cuando fui matriculado en la escuela. Recuerdo la imagen de mi profesora y todo el conocimiento que me brindó. Lo más preciado que tengo de ella es quizá el cultivar en mí  más que conocimiento, el deseo por buscarlo. Mis zapatos rotos, mi camisa curtida, mis pantalones raídos, mi mucho trabajo, no impedía perder de vista lo que esa bella dama me regalo: el deseo ávido por aprender. Terminé mi primaria rápido, en dos años logré lo que muchos en cinco y, como ya lo mencionaba, mucho de ello tuvo que ver mi bella profesora. Esta bella dama vio mí potencial y me motivó a continuar mis estudios, pero el fuerte deseo por el conocimiento me pedía otros rumbos.    
Es contradictoria la vida, pero el trabajo de la batea me acompañaba aún en la gran ciudad, sólo que el oro se había convertido en reciclaje y la arena en basura y asfalto. Este trabajo duro y áspero, rodeado de una esfera nauseabunda lo soporté tan sólo unos meses pues mi ávido deseo de saber me hizo tomar un camino un tanto más fácil y mucho más productivo: la delincuencia. Robar, amedrentar, apuñalear, sentir en mis víctimas el miedo de la muerte en sus ojos era algo tan fácil, burdo y monótono que en pocos meses me hizo pensar en otros rumbos para mi nuevo y ascendente proyecto: ser jefe de una pandilla. Ya formada mi banda y sabiendo dónde, cómo y cuándo robar, amedrentar, expender droga, prostituir niños y niñas, pasé de ser un vulgar ladrón a jefe de una estructurada organización criminal. No más hacinamiento, no más zapatos rotos, no más comida a medias… todo quedó atrás. Pero lo único que aún permanece casi intacto es mi deseo por saber cada vez más. Mi bella profesora siempre tuvo la razón.
¿Para qué comprar drogas y contrabando a otros si yo lo podía hacer con mayor eficiencia? Y mi campo de estudio amplió su espectro de acción, y así la producción de riquezas  parecía ahora no tener límite. Ahora en la cárcel, pago un poco de tiempo y riqueza a este pobre Estado. Desde aquí veo en retrospectiva mi vida, cultivando mi alma de lectura pero nunca perdiendo de vista mi objeto de estudio. Busco en barrios miserables, jóvenes inteligentes para brindarles una oportunidad nueva a sus paupérrimas vidas. Brindo a ellos lo que el Estado nunca les brindará: una oportunidad de ser felices. Tengo unos cuantos niños inteligentes y sanguinarios que sirven de apoyo a mis causas. Mi abuela en ocasiones se enoja conmigo pero en su enorme jacuzzi lo olvida todo. Extrañamente el trabajo de la batea no me deja de acompañar aún aquí en la ciudad.

lunes, 8 de febrero de 2016

EL NIÑO



-No puedes escribir con la mano izquierda nene, debes aprender a escribir con la mano correcta: la derecha.
El niño entendía poco de lo correcto; sin embargo, las burlas de compañeros de clase le  hicieron comprender rápidamente. Al otro día, por arte de magia, el niño escribía con la mano correcta.
-No veas la televisión de esa manera, mira que esa no es la forma correcta de sentarse.
El niño entendía poco de lo correcto; y es que ver televisión boca-abajo es poco común, pero luego de una reconvención familiar, al otro día, por arte de magia, el niño se sentaba ahora de manera correcta.
- No juegues con tierra, mira cómo te vuelves la ropa. Bebe, esa no es la manera correcta en que un niño lleva la ropa.
El niño entendía poco de lo correcto; más la indiferencia de los adultos ante su aspecto, hicieron al otro día, por arte de magia, que el niño llevara su ropa limpia e impecable.
- Te he dicho que no juegues con los juguetes importados, para eso tienes estos otros.
El niño entendía poco de lo correcto; mas una repisa más alta, hizo que al otro día el niño jugara tan solo con los juguetes indicados.
- ¡Mira! ¿No sabes que estás en clase? Bájate de esa nube.
El niño entendía poco de lo correcto; y aunque estaba fuera del aula mentalmente, los profesores y compañeros le indicaron la forma correcta en que se recibía clase. Al otro día, por arte de magia, el niño recibía  ahora de manera correcta sus clases.
Al día siguiente, los padres subieron alarmados a la pieza del niño, pues era ya hora de ir a estudiar. Cuando entraron, la mamá recordó que había olvidado cambiarle las pilas.