Para la niña la vida era un gran
cuento de hadas. Creía que en el mundo volaban pequeños seres con alas, armados
de copeticos y varitas mágicas, para cumplir deseos a los niños buenos. Ella construía en
su infantil mundo castillos de sueños, con grandes murallas y torres de aire. Estos
momentos acompañaban su infancia; sin embargo el afán del tiempo, hizo que su
reino se viniese abajo por culpa de las hormonas, quienes transformaron la niña
en una hermosa adolescente. Mientras arreglaba su cabello, no podía creer como
su vida de infante había girado en torno a tan estúpida fantasía, como había
dejado de lado, cosas tan importantes como el maquillaje, la ropa y los chicos.
El tiempo pasó aún más y ahora adulta, su vida giraba en torno a su profesión:
la medicina. El éxito era ahora su fin. Cumplir las metas académicas y
económicas era ahora su mayor placer.
Pasado el tiempo y a pesar de haber logrado todos sus objetivos, sentía
un extraño malestar, algo dentro de ella le advertía que aun la falta de algo
por cumplir.
Cierto día tocó a su puerta una persona pobre, que le pedía le ayudara
con su hija enferma.
Sin pensarlo la doctora decidió ayudarle. Cuando llegó al humilde lugar
donde vivía la enferma, se encontró frente a una niña que tenía a su lado un
hermoso castillo. La doctora se acercó rápidamente a la niña la examinó y luego
de su diagnóstico le administró una medicina. Tiempo después la niña quedó
curada y la doctora encontró en aquel lugar, la manera de llenar aquel vacío
que le faltaba llenar.
La niña aliviada siguió construyendo su castillo y su ejército de
hadas la regrasaron al mundo que para la gente era tan solo tontería.