Se cruzaron sus miradas como todos los días
y ambos creían su mirada fruto de la envidia; sin embargo era tan solo de
consuelo.
Llegado el empresario a su gran edificio,
evocó por un momento cómo éste había sido su gran sueño que luego de grandes
sacrificios y de una que otra trampilla era ahora toda una realidad. Subió por
su ascensor privado, mirando piso a piso lo alto que había llegado. Su amplia
oficina le esperaba con amplios ventanales y una ostensible opulencia en su
interior. Como todos los días, se acercó a uno de los ventanales para observar
la pequeñez de sus rivales, sintiendo como el poder entraba por su cuerpo hasta
alojarse en su alma. Despertándole de la ataraxia, su hermosa y siempre
dispuesta secretaria le recuerda de la junta que tenía a las 8:00 A.M. Fue el
primero en llegar, disponiendo –como era evidente- del puesto más importante en
la mesa de juntas. A medida que iban
entrando los integrantes, daban una corta vista al gran empresario. En unos se
materializaba al verlo el paradigma por excelencia, en otros la fuente de sus
desdichas y en la mayoría el manantial de su impotencia. Sentado con
majestuosidad infinita, se le iban acercando uno a uno para saludarlo, algunos
abrazándolo con diplomacia, otros besándolo con diplomacia y la mayoría
odiándolo con diplomacia. Terminada la junta, todas las mejores ideas y
decisiones eran las de las nuestro exitoso empresario.
Terminado otro día de trabajo, bajó de su
edificio y cruzó la mirada como todos días
con el loco, creyendo ambos su mirada fruto de la envidia; sin embargo era tan
solo de consuelo.
El empresario llegó a su gran casa y su
linda esposa corrió a su encuentro. Ya en su amplia cama, soñó ser el dueño del
mundo.
El loco llegó a su angosto cambuche y su
canchoso perro corrió a su encuentro. Ya en sus sucios cartones, soñó ser el
dueño de sí mismo.