Dar el
primer paso de nuestras vidas es motivo de alegría para quien nos quiere. Efectuar
este inocente acto es sin saberlo refrendar la manifestación de nuestros actos
libertarios, es empezar la meándrica carrera de la libertad. Cuando damos un
paso escogemos y al hacerlo sobreviene la responsabilidad. Somos libres de escoger y responsables cuando
llevamos hasta las últimas consecuencias las implicaciones de dicha escogencia.
Este fardo escondido que lleva tras de sí escoger libremente y que lleva a
responsabilidades tanto esperadas como inesperadas, nos hace preguntarnos: ¿Ésta
molesta consecuencia de la libertad no contradice en últimas su mismo espíritu?
Diría
escuetamente que el acto de escoger es en la mayoría de las veces libre y sus
consecuencias no. Tomamos decisiones en todo momento sin saber generalmente su
alcance o sus consecuencias y además, no a todos los actos que escogemos los
llevamos hasta sus últimas consecuencias ni tampoco alcanzamos a magnificar en
el hacer el espectro de las consecuencias que pudieren venir. Nos acercamos a
un lugar cualquiera a tomar café y nos pregunta el vendedor ¿quiere su café con
azúcar o sin azúcar? Tomamos alguna de las opciones pero desconocemos
generalmente las consecuencias fisiológicas que generarán en nuestro organismo escoger
cualquiera de las dos o las implicaciones económicas que mi escogencia
generaría en el mercado. De estas y otras múltiples posibilidades lo único que
mediatamente permanece es el escoger, en tanto que las implicaciones y
responsabilidades que redunde de ella dependen de lo conciente que se sea al
momento de hacerlo.
De este modo,
la responsabilidad que se mencionaba es producto de un tipo muy particular de
escogencia o de ejercicio libertario. Esto es, la responsabilidad no es
consustancial al ejercicio libertario es más bien producto de una disposición,
un temple especial de cada individuo. Este cariz especial, se da en la medida
que visualizamos en cierto modo las consecuencias que este tipo de acción
generará en nuestra vida futura. Se visualiza dichos estados futuros y en
virtud de ellos tomamos la decisión de… o
escogemos a… y aunque se desconoce lo
inesperado que pudiera llegar, la certidumbre que genera la presuposición, brinda
la seguridad para llevar a término el fin esperado.
Como
síntesis diremos que estamos abocados a escoger y que las implicaciones que sobrevengan
de tal decisión, también se es libre de llevarlas hasta sus últimas
consecuencias. Esto último, hace que sea un tipo particular de temple del
individuo que lo motive a llevar a cabo este fin.
Lo
anterior no analiza el acto mismo de decidir sino más bien sus implicaciones.
Sin embargo, de ello nacen una serie de preguntas, pues parece que más que generar
certidumbres nos lleva a dudas. Si estamos abocados o determinados a decidir o
a escoger: ¿Dicho carácter no iría en contra de la libertad? Si al escoger conscientemente
presuponemos implicaciones y por ende responsabilidades: ¿Este atarnos no es también contrario a la
libertad? Al momento de escoger: ¿Qué nos hace creer que dicho acto es libre?
Las preguntas manan como agua pero las dichas hasta aquí colocan en problemas
graves nuestro baluarte más prístino.
Tratemos
de dar una respuesta panorámica a este complejo grupo de preguntas: Podría
entenderse determinado como el espíritu que alguien tenga respecto de la
consecución de algo, la disposición para alcanzar a toda costa un fin esperado;
sin embargo, no es en este sentido el que se usa en esta pregunta. Determinar en el sentido que se quiere
usar aquí es establecer una única explicación, origen o causa a algo. Una
célebre frase de Einstein explica esta postura: “Dios no juega a los dados”, indicando con ella su inconformidad con
la teoría cuántica en la que además de violar el principio de contradicción se
establece como base matemática la probabilidad. Para Einstein la matemática en
sentido riguroso y no probabilístico es la herramienta con la que se debe de
explicar el fenómeno de lo microscópico y como lo pensará posteriormente Russell[1] es
sólo cuestión de años en que el hombre enmende este pequeño problema de la
probabilidad estableciendo una teoría matemática exacta. Esta rigurosidad o la
petición por la exactitud pedida por Einstein indican que para él la naturaleza
no se debería explicar apelando a los marcos probables por su expreso carácter
difuso y azaroso; sino más bien, que ella debería ser explicada usando herramientas
que propendan por la precisión. En este sentido, la naturaleza para Einstein se
debería explicar de modo determinista, pues siguiendo su idea, Dios se
manifiesta en lo exacto y no en el azar.
Este largo
ejemplo nos sirve para ilustrar cómo lo determinado está asociado con lo exacto
y por sobre todo: a lo que tiene un solo modo de ser. La libertad según lo que
hemos dicho líneas atrás pareciera no compaginar en nada con lo anterior, pues
de suyo ya la capacidad de decidir sobre un sinfín de posibilidades es un modo
de contravenir una postura determinista. Decidir, manifiesta el carácter
libertario en que están implicadas muchas de nuestras distintas acciones para
poder desenvolvernos de modo adecuado en la cultura en que vivimos. En este
orden de ideas, lo determinado recaería en la decisión cuando
nos damos cuenta que tomar alternativas o más aún no tomarlas es la manera como
se manifiesta la vida del animal humano en su mundo.
Si lo
determinado es aquello que tiene que ser de un solo modo o aquello que tiene
una sola causa o una sola explicación. Muchos de los animales que nos rodean
como por ejemplo un insecto como la avispa[2],
no posee la capacidad de decidir, ya la evolución la proveyó de un grupo de
conductas preestablecidas que le permiten deambular
y desenvolverse de modo eficiente por el mundo. Nosotros los humanos[3]
por el contrario necesitamos de un proceso lento y tortuoso para ingresar al
mundo de la cultura. Dicho ingreso necesario
nos permite ir domando ciertas actitudes animales y por sobre todo ganar en la
cultura lo que la evolución no nos dio,
para así poder deambular y
desenvolvernos por el mundo. La limitada programación genética que poseemos
hace que estemos condenados a decidir. Un animal no se pregunta por quién lo
creó, cuál es la esencia de las cosas, o por qué están las cosas y no mejor
nada, ¡No! el animal humano sacado del
paraíso de la programación genética es el único ente que se pregunta. Así, este
estado de pregunta constante lo ahoga en las respuestas que encuentra en la
cultura que lo gobierna y determina. Esto indicaría que es común a nuestra
naturaleza la incertidumbre y de acuerdo al lugar en que hemos crecido vamos
paulatinamente dando respuestas y salidas a dichas incertidumbres de distintos modos
o siguiendo prácticas que creemos o no
hacen creer que son suficiente.
De esta
manera la determinabilidad a la que está sujeto el humano al momento de
decidir, resulta ciertamente menos
eficiente de la que presentan los insignificantes insectos. Nuestras decisiones
subordinadas por la cultura, manifiestan una extraña consecuencia: no somos
libres al escoger, pues siempre de antemano esta incorporada en nuestra
decisiones la cultura. Estamos
determinados por la cultura. Siguiendo este orden de ideas, la
determinabilidad de decisión en el animal humano es en exceso laxa y
problemática, por cuanto el nivel de eficiencia o exactitud de sus decisiones
está sujeto: (i) al espectro de posibilidades brindados por la cultura, (ii) la
competencia que se tenga para acceder a dichas posibilidades; y tal vez la más
grave (iii) la relativización a la que está sujeta su decisión por la pléyade
de culturas existentes[4]. Estos
tres últimos numerales explicarían por qué el animal humano es tan poco animal,
pues su carencia de programación explica su abyecta conducta con los de su
misma especie, con las otras especies y peor aún con aquello que le posibilita
vivir como especie[5].
Este primer camino nos llevó a una consecuencia un tanto incómoda, pues estamos
seguros que quienes decidimos a diario somos nosotros y no algo escondido no sé
dónde. Digo, no ante esto y si ante lo otro, pero crudamente
concluimos que la región cultural que nos educa determina nuestras decisiones.
Lo
anterior resulta lapidario y suficiente, casi incontestable y digo casi porque
decir que las decisiones estén determinadas por la cultura en que hemos sido
educados no da respuesta a nuestro interrogante inicial, pues nuestra pregunta no
apuntaba al repertorio aprendido[6]
que tomamos para decidir, sino al decidir mismo, a la inexorable condena de
decidir a la que estamos sujetos. Como se insinuaba con antelación, son muchas
las culturas que están en posibilidad de educar al humano, pero pese a su
diversidad lo que en ellas manifiesta el humano de modo común es su capacidad
de decisión. A este respecto, la
respuesta a este interrogante parece haber sido ya mencionada sin que aún se
haya profundizado un tanto en ella: el
preguntar.
Como ya mencionábamos,
nuestra restringida programación genética hace que estemos condenados a
decidir. Los animales en su mayoría[7] por
el contrario no deciden: actúan ciñéndose a sus instintos. De otra parte el
estado de pregunta constante a la que se encuentra abocado el triste humano la acalla
con las respuestas que su cultura le ofrece. Esto revelaría que en el interior
de nuestra naturaleza yace al asecho la incertidumbre, lo que causaría la
necesidad de preguntar. Aquello que propicia el preguntar es lo que hace que
aflore el decidir, esto es, el decidir es un proceso posterior al preguntar:
preguntamos por lo que no sabemos, y al encontrar la respuesta decidimos. Lo
desconocido fuera y dentro genera incertidumbre, miedo casi terror y nos obliga
a preguntar, para con la respuesta saber qué hacer, aprestarnos a decidir: del Qué es pasamos al Qué hacer. ¿Dónde encontrar estas respuestas para certificar el
puerto a nuestras decisiones? En la
cultura. Es importante recalcar aquí que encontrar en esta última las respuestas
a nuestras más variadas cuestiones no es
garantía que dichas respuestas sean las correctas, las exactas o las
últimas; sin embargo, son las que están a la mano, son las que mejor silencian
la terrible incertidumbre y frenan así el sofocante y constante preguntar,
permitiendo con ello desenvolvernos, decidir en este variopinto y cambiante
mundo.
De este
modo podríamos concluir con el panorama descrito que lo determinados que
estamos al momento de decidir es producto de un componente más esencial a
nuestra errabunda naturaleza, el preguntar. Así, el animal humano antes de
poder decidir por alguna alternativa debe de haber hecho el hecho el ejercicio
del preguntar, el cual con la mano de la
pedagoga cultura silencia para sí permitirle decidir. La mano que satisface el
sediento e inocente preguntar, no se sabe si es buena o mala; pero hasta que no
aflore de nuevo el preguntar es aquello que justifica y determina laxamente
nuestras decisiones
[1] Russell, B., Ciencia y Religión, 1990, Ed. Fondo de Cultura Económica,
Madrid.
[2] Véase:
Dennett D., La libertad de Acción, 1996, Ed. Gedisa, Barcelona.
[3] No desconocemos la
tendencia social de otros tipos de organismos; sin embargo el nivel de
sofisticación (e inadecuación continua a lo natural) a la que ha llegado el
humano con la cultura nos hace casi omitir este orden de animales sociales.
[5] Para no
ahondar en esto, sólo diré que es precisamente esta falta de repertorios de
conductas congénitos, lo que hace que existan confrontaciones entre culturas,
por cuanto cada una cree a su modo: ser
mejor; existe así lo que denominaría Levinás como una totalización la una de la otra. La Eugenesia es una muestra cruel
de esto que trato de indicar. Véase: Levinás E., Totalidad e Infinito, 2002, Ed.
Sígueme, Salamanca.
[6] Otro
camino que no se abordará aquí pero que resulta interesante es como para
algunos no es sólo lo aprendido lo que funge en nuestras decisiones sino
también otro aspecto de nuestra psique: lo
inconciente.
[7] Objetarán
algunos que es imposible atravesar la línea de la subjetividad animal y cómo
arriesgarse a semejante afirmación; sin embargo, muchos estudios adelantados en
etología y psicología comparada pueden llevar a científicos a afirmar que
aunque en algunos animales las preguntas puedan ser también comunes, el grado
en el humano resulta ser mucho más profundo. Esto indicaría que no es que algunos
animales no se pregunten, sino que en
términos de grado el humano lo haría en un nivel muchísimo más elevado. Véase: Cyrulnik
B., El Encantamiento del Mundo, 2002,
Ed. Gedisa, Barcelona.