jueves, 24 de abril de 2014

DETERMINADOS A SER LIBRES…



Dar el primer paso de nuestras vidas es motivo de alegría para quien nos quiere. Efectuar este inocente acto es sin saberlo refrendar la manifestación de nuestros actos libertarios, es empezar la meándrica carrera de la libertad. Cuando damos un paso escogemos y al hacerlo sobreviene la responsabilidad.  Somos libres de escoger y responsables cuando llevamos hasta las últimas consecuencias las implicaciones de dicha escogencia. Este fardo escondido que lleva tras de sí escoger libremente y que lleva a responsabilidades tanto esperadas como inesperadas, nos hace preguntarnos: ¿Ésta molesta consecuencia de la libertad no contradice en últimas su mismo espíritu?

Diría escuetamente que el acto de escoger es en la mayoría de las veces libre y sus consecuencias no. Tomamos decisiones en todo momento sin saber generalmente su alcance o sus consecuencias y además, no a todos los actos que escogemos los llevamos hasta sus últimas consecuencias ni tampoco alcanzamos a magnificar en el hacer el espectro de las consecuencias que pudieren venir. Nos acercamos a un lugar cualquiera a tomar café y nos pregunta el vendedor ¿quiere su café con azúcar o sin azúcar? Tomamos alguna de las opciones pero desconocemos generalmente las consecuencias fisiológicas que generarán en nuestro organismo escoger cualquiera de las dos o las implicaciones económicas que mi escogencia generaría en el mercado. De estas y otras múltiples posibilidades lo único que mediatamente permanece es el escoger, en tanto que las implicaciones y responsabilidades que redunde de ella dependen de lo conciente que se sea al momento de hacerlo.

De este modo, la responsabilidad que se mencionaba es producto de un tipo muy particular de escogencia o de ejercicio libertario. Esto es, la responsabilidad no es consustancial al ejercicio libertario es más bien producto de una disposición, un temple especial de cada individuo. Este cariz especial, se da en la medida que visualizamos en cierto modo las consecuencias que este tipo de acción generará en nuestra vida futura. Se visualiza dichos estados futuros y en virtud de ellos tomamos la decisión de… o escogemos a…  y aunque se desconoce lo inesperado que pudiera llegar, la certidumbre que genera la presuposición, brinda la seguridad para llevar a término el fin esperado.

Como síntesis diremos que estamos abocados a escoger y que las implicaciones que sobrevengan de tal decisión, también se es libre de llevarlas hasta sus últimas consecuencias. Esto último, hace que sea un tipo particular de temple del individuo que lo motive a llevar a cabo este fin.

Lo anterior no analiza el acto mismo de decidir sino más bien sus implicaciones. Sin embargo, de ello nacen una serie de preguntas, pues parece que más que generar certidumbres nos lleva a dudas. Si estamos abocados o determinados a decidir o a escoger: ¿Dicho carácter no iría en contra de la libertad? Si al escoger conscientemente presuponemos implicaciones y por ende responsabilidades: ¿Este atarnos no es también contrario a la libertad? Al momento de escoger: ¿Qué nos hace creer que dicho acto es libre? Las preguntas manan como agua pero las dichas hasta aquí colocan en problemas graves nuestro baluarte más prístino.

Tratemos de dar una respuesta panorámica a este complejo grupo de preguntas: Podría entenderse determinado como el espíritu que alguien tenga respecto de la consecución de algo, la disposición para alcanzar a toda costa un fin esperado; sin embargo, no es en este sentido el que se usa en esta pregunta. Determinar en el sentido que se quiere usar aquí es establecer una única explicación, origen o causa a algo. Una célebre frase de Einstein explica esta postura: “Dios no juega a los dados”, indicando con ella su inconformidad con la teoría cuántica en la que además de violar el principio de contradicción se establece como base matemática la probabilidad. Para Einstein la matemática en sentido riguroso y no probabilístico es la herramienta con la que se debe de explicar el fenómeno de lo microscópico y como lo pensará posteriormente Russell[1] es sólo cuestión de años en que el hombre enmende este pequeño problema de la probabilidad estableciendo una teoría matemática exacta. Esta rigurosidad o la petición por la exactitud pedida por Einstein indican que para él la naturaleza no se debería explicar apelando a los marcos probables por su expreso carácter difuso y azaroso; sino más bien, que ella debería ser explicada usando herramientas que propendan por la precisión. En este sentido, la naturaleza para Einstein se debería explicar de modo determinista, pues siguiendo su idea, Dios se manifiesta en lo exacto y no en el azar.
Este largo ejemplo nos sirve para ilustrar cómo lo determinado está asociado con lo exacto y por sobre todo: a lo que tiene un solo modo de ser. La libertad según lo que hemos dicho líneas atrás pareciera no compaginar en nada con lo anterior, pues de suyo ya la capacidad de decidir sobre un sinfín de posibilidades es un modo de contravenir una postura determinista. Decidir, manifiesta el carácter libertario en que están implicadas muchas de nuestras distintas acciones para poder desenvolvernos de modo adecuado en la cultura en que vivimos. En este orden de ideas, lo determinado recaería en la decisión cuando nos damos cuenta que tomar alternativas o más aún no tomarlas es la manera como se manifiesta la vida del animal humano en su mundo.
  
Si lo determinado es aquello que tiene que ser de un solo modo o aquello que tiene una sola causa o una sola explicación. Muchos de los animales que nos rodean como por ejemplo un insecto como la avispa[2], no posee la capacidad de decidir, ya la evolución la proveyó de un grupo de conductas preestablecidas que le permiten deambular y desenvolverse de modo eficiente por el mundo. Nosotros los humanos[3] por el contrario necesitamos de un proceso lento y tortuoso para ingresar al mundo de la cultura. Dicho ingreso necesario nos permite ir domando ciertas actitudes animales y por sobre todo ganar en la cultura lo que la evolución no nos dio,  para así poder deambular y desenvolvernos por el mundo. La limitada programación genética que poseemos hace que estemos condenados a decidir. Un animal no se pregunta por quién lo creó, cuál es la esencia de las cosas, o por qué están las cosas y no mejor nada, ¡No! el animal humano sacado del paraíso de la programación genética es el único ente que se pregunta. Así, este estado de pregunta constante lo ahoga en las respuestas que encuentra en la cultura que lo gobierna y determina. Esto indicaría que es común a nuestra naturaleza la incertidumbre y de acuerdo al lugar en que hemos crecido vamos paulatinamente dando respuestas y salidas a dichas incertidumbres de distintos modos o siguiendo prácticas  que creemos o no hacen creer que son suficiente.

De esta manera la determinabilidad a la que está sujeto el humano al momento de decidir, resulta  ciertamente menos eficiente de la que presentan los insignificantes insectos. Nuestras decisiones subordinadas por la cultura, manifiestan una extraña consecuencia: no somos libres al escoger, pues siempre de antemano esta incorporada en nuestra decisiones la cultura. Estamos determinados por la cultura. Siguiendo este orden de ideas, la determinabilidad de decisión en el animal humano es en exceso laxa y problemática, por cuanto el nivel de eficiencia o exactitud de sus decisiones está sujeto: (i) al espectro de posibilidades brindados por la cultura, (ii) la competencia que se tenga para acceder a dichas posibilidades; y tal vez la más grave (iii) la relativización a la que está sujeta su decisión por la pléyade de culturas existentes[4]. Estos tres últimos numerales explicarían por qué el animal humano es tan poco animal, pues su carencia de programación explica su abyecta conducta con los de su misma especie, con las otras especies y peor aún con aquello que le posibilita vivir como especie[5]. Este primer camino nos llevó a una consecuencia un tanto incómoda, pues estamos seguros que quienes decidimos a diario somos nosotros y no algo escondido no sé dónde. Digo, no ante esto y si ante lo otro, pero crudamente concluimos que la región cultural que nos educa determina nuestras decisiones.

Lo anterior resulta lapidario y suficiente, casi incontestable y digo casi porque decir que las decisiones estén determinadas por la cultura en que hemos sido educados no da respuesta a nuestro interrogante inicial, pues nuestra pregunta no apuntaba al repertorio aprendido[6] que tomamos para decidir, sino al decidir mismo, a la inexorable condena de decidir a la que estamos sujetos. Como se insinuaba con antelación, son muchas las culturas que están en posibilidad de educar al humano, pero pese a su diversidad lo que en ellas manifiesta el humano de modo común es su capacidad de decisión. A este respecto,  la respuesta a este interrogante parece haber sido ya mencionada sin que aún se haya profundizado un tanto en ella: el preguntar. 

Como ya mencionábamos, nuestra restringida programación genética hace que estemos condenados a decidir. Los animales en su mayoría[7] por el contrario no deciden: actúan ciñéndose a sus instintos. De otra parte el estado de pregunta constante a la que se encuentra abocado el triste humano la acalla con las respuestas que su cultura le ofrece. Esto revelaría que en el interior de nuestra naturaleza yace al asecho la incertidumbre, lo que causaría la necesidad de preguntar. Aquello que propicia el preguntar es lo que hace que aflore el decidir, esto es, el decidir es un proceso posterior al preguntar: preguntamos por lo que no sabemos, y al encontrar la respuesta decidimos. Lo desconocido fuera y dentro genera incertidumbre, miedo casi terror y nos obliga a preguntar, para con la respuesta saber qué hacer, aprestarnos a decidir: del Qué es pasamos al Qué hacer. ¿Dónde encontrar estas respuestas para certificar el puerto a nuestras decisiones? En la cultura. Es importante recalcar aquí que encontrar en esta última las respuestas a nuestras más variadas cuestiones no es garantía que dichas respuestas sean las correctas, las exactas o las últimas; sin embargo, son las que están a la mano, son las que mejor silencian la terrible incertidumbre y frenan así el sofocante y constante preguntar, permitiendo con ello desenvolvernos, decidir en este variopinto y cambiante mundo.

De este modo podríamos concluir con el panorama descrito que lo determinados que estamos al momento de decidir es producto de un componente más esencial a nuestra errabunda naturaleza, el preguntar. Así, el animal humano antes de poder decidir por alguna alternativa debe de haber hecho el hecho el ejercicio del preguntar,  el cual con la mano de la pedagoga cultura silencia para sí permitirle decidir. La mano que satisface el sediento e inocente preguntar, no se sabe si es buena o mala; pero hasta que no aflore de nuevo el preguntar es aquello que justifica y determina laxamente nuestras decisiones       



       



  
 


[1] Russell, B., Ciencia y Religión, 1990, Ed. Fondo de Cultura Económica, Madrid. 
[2] Véase: Dennett D., La libertad de Acción, 1996, Ed. Gedisa, Barcelona.
[3] No desconocemos la tendencia social de otros tipos de organismos; sin embargo el nivel de sofisticación (e inadecuación continua a lo natural) a la que ha llegado el humano con la cultura nos hace casi omitir este orden de animales sociales.
[4] Siempre y cuando no se crea que existen niveles de jerarquización de la cultura.
[5] Para no ahondar en esto, sólo diré que es precisamente esta falta de repertorios de conductas congénitos, lo que hace que existan confrontaciones entre culturas, por cuanto cada una cree a su modo: ser mejor; existe así lo que denominaría Levinás como una totalización la una de la otra. La Eugenesia es una muestra cruel de esto que trato de indicar. Véase: Levinás E., Totalidad e Infinito, 2002, Ed. Sígueme, Salamanca.
[6] Otro camino que no se abordará aquí pero que resulta interesante es como para algunos no es sólo lo aprendido lo que funge en nuestras decisiones sino también otro aspecto de nuestra psique: lo inconciente.
[7] Objetarán algunos que es imposible atravesar la línea de la subjetividad animal y cómo arriesgarse a semejante afirmación; sin embargo, muchos estudios adelantados en etología y psicología comparada pueden llevar a científicos a afirmar que aunque en algunos animales las preguntas puedan ser también comunes, el grado en el humano resulta ser mucho más profundo. Esto indicaría que no es que algunos animales no se pregunten, sino que en términos de grado el humano lo haría en un nivel muchísimo más elevado. Véase: Cyrulnik B., El Encantamiento del Mundo, 2002, Ed. Gedisa, Barcelona.

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