miércoles, 9 de marzo de 2016

EL ORO Y LA ARENA



Para cualquier niño a los once años era común saber leer, pero no para mí, que donde vivía no existía ni siquiera escuela. Vivía en una playa con diez familias incluyendo la mía. En mi casa estaba con mi abuela, mis tres hermanos y mis padres. Desde que tenía uso de razón, siempre vi a mi familia moviendo la batea en el río, separando las muchas tristezas de las pocas alegrías, separando la arena del oro. 
Pasábamos los días, trabajando, jugando, bailando en nuestro pequeño trozo de paraíso en la tierra. Todo iba relativamente bien, hasta que lo idílico se hizo infierno: cuando un grupo de forasteros nos dijo que lo que por generaciones había sido nuestro era ahora de ellos. Mis padres y otros adultos no les creyeron a los forasteros pero la voz de las balas silenciaron la discusión. Mis hermanos, mi abuela y los pocos que quedamos vivos huimos como pudimos del edén.
Separados del paraíso, llegamos a las afueras de la gran ciudad. Hacinados en aquella pequeña casa, las ahora trece personas hacíamos lo posible  por sobrevivir en la atiborrada casa de la tía. Veía cosas que otros no veían y la tristeza me embriagaba, pues tanto gris de la cuidad se chocaba con mis recuerdos en verde selvático y profundo  pacífico. Mis pequeños hermanos parecían disfrutar su nuevo mundo, no podían entender aún la triste e impotente mirada de mi abuela.
Aún no sabía leer y desconocía los mundos que te brinda tener este preciado bien; pero todo eso cambió cuando fui matriculado en la escuela. Recuerdo la imagen de mi profesora y todo el conocimiento que me brindó. Lo más preciado que tengo de ella es quizá el cultivar en mí  más que conocimiento, el deseo por buscarlo. Mis zapatos rotos, mi camisa curtida, mis pantalones raídos, mi mucho trabajo, no impedía perder de vista lo que esa bella dama me regalo: el deseo ávido por aprender. Terminé mi primaria rápido, en dos años logré lo que muchos en cinco y, como ya lo mencionaba, mucho de ello tuvo que ver mi bella profesora. Esta bella dama vio mí potencial y me motivó a continuar mis estudios, pero el fuerte deseo por el conocimiento me pedía otros rumbos.    
Es contradictoria la vida, pero el trabajo de la batea me acompañaba aún en la gran ciudad, sólo que el oro se había convertido en reciclaje y la arena en basura y asfalto. Este trabajo duro y áspero, rodeado de una esfera nauseabunda lo soporté tan sólo unos meses pues mi ávido deseo de saber me hizo tomar un camino un tanto más fácil y mucho más productivo: la delincuencia. Robar, amedrentar, apuñalear, sentir en mis víctimas el miedo de la muerte en sus ojos era algo tan fácil, burdo y monótono que en pocos meses me hizo pensar en otros rumbos para mi nuevo y ascendente proyecto: ser jefe de una pandilla. Ya formada mi banda y sabiendo dónde, cómo y cuándo robar, amedrentar, expender droga, prostituir niños y niñas, pasé de ser un vulgar ladrón a jefe de una estructurada organización criminal. No más hacinamiento, no más zapatos rotos, no más comida a medias… todo quedó atrás. Pero lo único que aún permanece casi intacto es mi deseo por saber cada vez más. Mi bella profesora siempre tuvo la razón.
¿Para qué comprar drogas y contrabando a otros si yo lo podía hacer con mayor eficiencia? Y mi campo de estudio amplió su espectro de acción, y así la producción de riquezas  parecía ahora no tener límite. Ahora en la cárcel, pago un poco de tiempo y riqueza a este pobre Estado. Desde aquí veo en retrospectiva mi vida, cultivando mi alma de lectura pero nunca perdiendo de vista mi objeto de estudio. Busco en barrios miserables, jóvenes inteligentes para brindarles una oportunidad nueva a sus paupérrimas vidas. Brindo a ellos lo que el Estado nunca les brindará: una oportunidad de ser felices. Tengo unos cuantos niños inteligentes y sanguinarios que sirven de apoyo a mis causas. Mi abuela en ocasiones se enoja conmigo pero en su enorme jacuzzi lo olvida todo. Extrañamente el trabajo de la batea no me deja de acompañar aún aquí en la ciudad.