lunes, 16 de marzo de 2015

LA FUENTE


Solía arrodillarse en el templo para elevar una oración al Creador y su creación. En tal estado, volaba por el insondable mar de sus recuerdos, admirándose y agradeciendo a aquel Gestor de tanta belleza. Luego de un tiempo y en la misma actitud que acompañaba sus días, un conjunto pecaminoso de pensamientos cruzaron por su mente: ¿Por qué si lo creado era contingente su Propiciador no lo era? Si lo único que podía sentir era contingente ¿De dónde podía concebir que el Causante fuera contrario a ello? Sin embargo, una cosa es sentir y otra concebir; en tanto la primera siempre motiva al cambio y la segunda se resiste triunfalmente; de donde se colige que la segunda es más valiosa que la primera. Pero si el concebir triunfa ¿Qué razón tiene la existencia de mi contingencia y la del mundo?  Y que tal fuera, que dicho Gestor fuese tan contingente como su creación; entonces lo perfecto se difuminaría…
Un silencio mental hizo juego con el silencio del templo y la lúgubre fuente de sus ojos limpió sus últimos trozos de certidumbre.
Mientras caía hacia la nada, Dios lo tomó de su mano y dulcemente le susurró aladas palabras. Cuando el hombre salió del templo, pudo ver como un pajarillo tomaba agua y se bañaba en una hermosa fuente. Sonriendo siguió su camino y no se volvió a saber de él por aquel lugar.