Un día de gran fiesta para la ciudad ocurría cuando jugaban los dos equipos rivales de la localidad. El abuelo hincha del equipo naranja desde su fundación se jactaba de haber jugado en él durante su época gloriosa. Describía uno a uno la nómina de aquel tiempo (y también la actual claro está), los marcadores que tuvieron, los campeonatos ganados.
Estos comentarios que habían acompañado la
crianza del ahora ya padre, también fueron hechos al nieto; no obstante, tanto
en uno como en el otro los resultados de dichos comentarios había arrojado
resultados no esperados.
Abuelo, padre y nieto se dispusieron a tomar
su respectivo puesto en las graderías del estadio. El viejo tenía pegado a su
oreja un pequeño radio, el hijo atendía los comentarios dados por los parlantes
del estadio y el hijo sintonizaba su ipod.
Actos de protocolo: himno nacional, saludo
de jugadores, saque de honor, baile de bastoneras, todo ello pasó y se dio paso
a lo esencial y así empezaron la emociones.
Frecuencia cardiaca alta, sudoración
profusa, arengas en contra y vítores manaban de todo el estadio, y en un lugar
minúsculo de éste se podía evidenciar una parte elemental a este todo, la
reunión tripartita representaban los tres grandes actores de éste gran drama.
El abuelo del equipo naranja, el hijo árbitro y el nieto fanático del equipo
negro: polaridad y equilibrio hacían presencia.
El jugador número siete del equipo naranja
se saca al último defensa del equipo negro y
disponiéndose a patear al marco,
de pronto, de la nada, aparece un jugador negro que corta abruptamente
la clara opción de gol. La barra negra enmudece por unos segundos, mientras la
barra naranja pide justicia al árbitro. Para los naranja había caído el jugador
en la zona del penalti y para los de negro había caído fuera de esta. Pronto la
gresca se hizo presa en la cancha y de ella pasó al estadio entero y la
“reunión” tripartita daba fe de ello:
-¡Eso fue adentro! Decía el abuelo pálido
mientras movía su puño.
-¡Papá
por favor tranquilízate! Le decía el hijo al anciano
encolerizado.
¡Mijo que le está pasando! Le decía el papá
a su joven hijo mientras separaba con un brazo al viejo.
-¡Ese tipo es un payaso, un farsante! Decía
el nieto ya a punto de golpearse con su abuelo.
El árbitro de ver tal gresca decidió
suspender el partido. Los policías se hicieron a la tarea de tratar de ordenar
la situación y poco a poco gracias a los gases, uno que otro bastonazo y los
fuertes chorros de agua lograron disipar al gran monstruo.
Mojados, el viejo sacó de su bolsillo un
pañuelo para secar sus ojos irritados por el gas y tras ser conducido por su
hijo y su nieto, les dijo: -Disculpen a este viejo mis muchachos, es que
ustedes saben cómo me ponen a mí las injusticias.
El nieto mirándolo de reojo le hace una
mueca al viejo y responde: -¿injusticia? ¿Por qué crees que mi papá no ha dicho
nada?
El papá paró y mirándolos unos segundos
pensó en lo extraño de la situación, sonrió perplejo y luego de rascar su
cabeza les dijo:
- ¿no es suficiente con lo que ocurrió en el
estadio? Ya déjense de esta discusión sin sentido, ambos saben que vieron una
jugada, pero la pasión que le tienen a su equipo no les deja interpretar
correctamente lo que pasó.
El joven señalando a su abuelo le
replicó al papá: -tal vez el viejito no
vea bien, pero yo sí.
El viejo tomo de nuevo un color rojo en su
rostro y temblando de rabia le dijo a su nieto: ¡Insolente! Tras de grosero
ciego. No viste que casi le quiebra el pie.
El papá mirando como esta discusión no iba a
tener ningún tipo de solución, excepto una posible disputa física, le dijo al
abuelo se sentara en el paradero del bus mientras retiraba a su hijo unos
metros de ahí.
Ya en el bus los tres se sumieron en sus
pensamientos.
Tal vez la televisión permitiera dirimir las
diferencias y así afloraría la verdad; sin embargo, aunque ésta permitiría posiblemente
determinar la verdad de la jugada ¿alcanzaría a determinar lo que ocurriría
después en el partido? ¿Si tal jugada fuese una falta permitiría saber el
resultado final? ¿lo contrario lo haría?.
Luego de pensar el papá miró al viejo y
luego a su hijo que aun iban discutiendo, movió su cabeza de lado a lado y
decidió mejor dejarse llevar por las innumerables imágenes que brindaba el bus
en su movimiento.
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