En un tiempo como este, se encontraba un
individuo triste, pues todo lo que le rodeaba era igual a él, tanto que en
ocasiones le era difícil precisar si aquello que le rodeaba era diferente a él
o era él mismo. Era obvio pensar así toda vez que todo era del color que él
había decidido, todo tenía la forma que él había querido.
Triste, decidió salir de su creación, para
así tratar de encontrar cómo librarla de tal monotonía. Ya fuera, se topó con
un animal y recordó como en uno de esos sueños ancestrales, éste abyecto ser
tenía algo que le era muy suyo. El individuo también notó como este lugar tenía
ciertos parecidos con el suyo, empero el precioso color que rodeaba los
resquicios mas secretos de este lugar lo hacían incomparable al suyo. De ver
tanta belleza al individuo le nació algo que creía extinto, la envidia y
pensó para sí: ¿Cómo un ser que repta y no tiene habla puede vivir en lugar tan
armonioso?
Desde el fondo más recóndito del enajenado
individuo, salió un potente grito de ira que inundo todo el lugar e hizo que el
animal temblara de miedo. El individuo al ver esta reacción se dijo para sí:
-¿Por qué no hurtar esta belleza? Este pobre bruto no podrá hacer nada en
contra de ello. Hecha esta consigna,
enfiló sus armas tras su meta y pronto empezó a notar como su pálido lugar tomó
gradualmente el sublime color del lugar del animal. El individuo feliz se
maravillaba de tan hermosa plenitud; no obstante, del lugar presa de su
rapacidad se escuchaba una extraña sonrisa, de la cual se hizo caso omiso.
Pasado el tiempo, la armonía que siempre
había buscado la halló, mas ahora de aquella leve sonrisa se pasó a una
estridente carcajada. El individuo furioso se adentró a lo más profundo del
lugar profanado y se topó con el origen de tan estridente burla, el último
animal. Éste dispuesto a callar de una vez y para siempre tal provocación, saco
su cuchillo y se acerco al animal para degollarlo; éste cuando notó que se
acercaba su verdugo bajó la cabeza en señal de sumisión. Este acto enfureció
aún más al individuo y sin pensarlo empezó a asestarle puñalada tras puñalada y
la sonrisa ahora había cambiado de lugar. La sangre del inocente brotaba
impotente y las ropas del individuo se empapaban también de ella.
Mientras ocurría este flujo de injusticia,
horrorizado y confundido, el homicida veía como era de su pecho que manaban la sangre
del último animal.
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