Posterior a la caída periódica de las hojas
de los árboles, la diosa natura decidió renovar de frondosa y verde melena a
todos sus vástagos. Dentro de tan pródiga progenie, uno de tantos aposentaba en
su follaje dos hojas muy juntas, que desde el mismo momento en que nacieron
decidieron al envejecer, ser abono de su progenitor y así confundirse la una en
la otra.
Cerca de ahí la planta procesadora de papel
siempre ávida de hojas con que trabajar, enfiló sus deseos al hermoso árbol.
Entre el grupo de las tantas hojas que cortó, cayeron aquellas que en algún
momento se habían jurado amor abonadamente eterno.
Ambas en la planta procesadora fueron al
igual que sus hermanas objeto de un sin número de vejámenes: secado,
pulverización, blanqueado, en fin, todo aquello que se necesitaba para alcanzar
el papel más óptimo; no obstante, este fin no diezmaba la inquebrantable alma
de celulosa de las ahora hojas blancas, en tanto continuaba con cumplir su cada
vez más lejana meta.
El destino que mira con desdén este tipo de
obstinación, decidió hacer más allende el deseo de las amantes, pues hizo que
ambas quedaran en resmas distintas y
fueran a parar a papelerías diferentes.
Después de un tiempo y sin que el sino se
diese cuenta, un poeta a punto de estallar de intuiciones, raudo entró a una de
las papelerías y compró una de las resmas, mientras que lejos de ahí pero en
igual instante, un dibujante entrado a la otra papelería hacía lo propio con la
otra resma.
Arribado el poeta a su recinto materialmente
desordenado pero espiritualmente armonioso, se dispuso a proyectar todo su
caudal creativo; mientras que lejos de ahí, pero en igual instante, un
dibujante viviendo una similar circunstancia se dirigió a su escritorio a
convertir sus ideas en trazos.
Luego de muchos ensayos el poeta llegó a la
hoja veinticinco, donde pudo traslucir lo que las diosas le habían prometido…
el poema perfecto; mientras que lejos de ahí, pero en igual instante, el
dibujante en la hoja veinticinco pudo adecuar sus imágenes de manera casi
perfecta a la realidad. Ambos extasiados
decidieron celebrar con licor su fantástico momento.
De pronto, de la nada, la naturaleza hermosa
e impredecible decidió mandar sendas ráfagas de viento, una al recinto del
poeta y otra al del dibujante. Como saetas entraron cada una por las ventanas
de cada cuarto, e hicieron en ellos todo un torbellino de hojas e ideas. Las
órdenes expresas de la natura, hicieron que sólo fueran escogidas de tal maraña
las creaciones máximas y las ráfagas obedientes cumplieron a su bella madre.
Las que en algún momento habían decidido ser
abono, se encontraron de nuevo donde mamá natura había escogido; no obstante,
con un divino conjunto de trazos sobre sus pieles, un poema y un dibujo que las
hacia ahora muy distintas.
Frente a frente, las hojas rompieron de frenética
alegría cuando pudieron ver lo efímero de su diferencia, por cuanto el poema
traslucía en palabras lo que mostraba el dibujo y el dibujo mostraba en trazos
lo que decía el poema… y así su diferencia se hizo símil mas no igualdad;
mientras tanto, natura y su amigo cupido alborozados podían ver como nacía de
nuevo su más sagrado hijo.
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