En un anaquel agujereado por el tiempo, una bolsa empolvada escondía la
vida de una de tantas velas improductivas. Pronto los días para olvidar,
tuvieron un inusitado cambio. Aquella bolsa empolvada fue comprada por un
campesino, que todas las noches sin falta en un improvisado altarcillo de
su casa
iluminaba a la Virgen del Carmen.
Mientras el campesino caminaba lentamente perdido en sus pensamientos,
las velas sintieron como en un futuro la
leyenda se iba a ser realidad. Una de
ellas con voz sabia paró la excitación presente en las velas: - Hoy se hará
realidad aquella hermosa leyenda que describía la vida de una vela que se
gastaba por los demás; de aquella vela que nos enseñó el destino que plenifica
a toda vela, era ser llama para otros.
Una de las velas más pequeña, la más silenciosa, le sonaba tal destino
fatalista, sin sentido y pensaba: -¿Qué
ganaría con un acto tan desigual?-
De la bolsa día a día el campesino iba sacando una vela y la vela
pequeña le tocaba ver como se repetía el mismo destino en cada una de sus
compañeras, pues su tamaño hacía que el campesino siempre la dejara a un lado.
Este sino le posibilitó ver, como algo llamado ‘fósforo’ le compartía a sus
compañeras una extraña luz que las iba consumiendo; también como las corrientes
de aire hacían cambiar la dirección de la luz y por ende de las sombras; además
del como las mismas corrientes hacían que cambiaran de lugar las pequeñas lágrimas
de sus colegas; así mismo, pudo ver la
coexistencia entre el calor y el frío; de otro lado pudo ver…
Después de tanto observar le tocó como a todas sus anteriores
compañeras cumplir su fatídico día, su inexorable destino. El campesino tomó la
última vela y mirándola se dijo: Esta vela tan pequeña no creo que ilumine la
virgencita toda la noche. Miró al cielo se dio la bendición y terminó diciendo:
Espero Madrecita me comprenda, mañana segurito voy y compro otras velas más
grandes. Dicho esto el campesino se dirigió al pequeño altar y prendiendo la
vela, hizo una corta plegaria y luego se acostó a dormir.
Mientras el campesino soñaba estar en la playa bajo un abrasador sol;
repentinamente un fuerte olor a humo lo hizo despertar. Cuando abrió los ojos
una escena imprevista le rodeaba, pues su casita estaba envuelta en llamas.
Como pudo, salió de en medio de las llamas envuelto en las cobijas. Afuera
jadeante increpaba al cielo el por qué los dioses era tan despiadados con él;
mientras tanto, en medio del calor virulento de la casa, la pequeña vela era
ahora una gran llama.
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