-Es niño-.
Ella alegre pidió al médico le mostrara el fruto de sus entrañas, pero
este rascando su cabeza le dijo:
-Disculpe señora, perece haber un problema con él-.
Ella confundida le preguntó cuál era el inconveniente. Este sin mirarla
a los ojos le dijo:
-Señora, el bebe nació con un
brazo estirado.
Al principio la familia vio al retoño con malos ojos; sin embargo,
pronto los ojos del amor dejaron lentamente traslucir en el infante lo que la
mirada no ve. Mientras crecía la característica que primó en su ser fue el
servicio, en tanto que a cada favor siempre estaba solícito a realizarlo. Su
familia se ofuscaba en ocasiones por su proceder, pues creían que era presa del
abuso de los demás; no obstante era todo lo contrario la solicitud del chico se
mostraba como un acto voluntario genuino.
El tiempo lo hizo hombre y su defecto fue causa de admiración para
algunos; empero para la mayoría de odio y dentera. Como la mayoría hace de su
pensar “la verdad”, aquel hombre y su defecto fue linchado del lugar y aunque
eran muchas las voces que pedían a gritos su permanencia, la fuerza de la
mayoría hizo de su clamor tan solo susurros.
Condenado al ostracismo, caminaba ahora por el desierto del olvido y la
desesperanza. Exhausto y a punto ya de ser presa de la terrible hermana del
sueño, divisó a lo lejos una tenue luz.
Aceleró el paso y aquello que era
una fatua luz, se hizo un gran faro.
Frente a éste pudo ver una austera construcción con una hermosa puerta
en madera. Súbitamente, la puerta lentamente se fue abriendo. Nervioso entró
lentamente al lugar, mostrándole la luz
del faro algo increíble. Dentro del lugar había una gran cantidad de personas
todas ellas con un brazo estirado como el de él. Al ver esto el hombre se desplomó.
De nuevo en sí, le informaron que debía ir donde el gran maestro, el
de las dos manos estiradas. Ya frente a él, se compadeció en su interior del
famélico y viejo maestro; éste al verle entrar le sonrió amistosamente y le
pidió que se sentara; acto seguido de nuevo le sonrió y le dijo con voz
pausada: los defectos son sino que marca nuestra vida, haciendo de la misma,
una carga que constriñe sin final o un don que alegra sin cesar. ¿Quién crees
tu hijo que escoge por cual sendero seguir? y así caído el ropaje de defecto
se dejó ver la virtud.
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