Acostado, recordaba todo lo vivido; feliz de tanto camino recorrido y
de tantas cosas hechas tan bien. Este buen hombre tenía el privilegio de saber
por qué las flores son flores y no caballos; por qué el cielo al atardecer es
tan hermoso o por que el amor te enloquece; sabía además por qué el átomo es
pequeño y por qué los hipopótamos no vuelan. Este hombre sabía la respuesta a
todo tipo de pregunta posible.
Reflexionando se dio cuenta que aún le faltaba algo por saber y era
precisamente que sabía todo lo que sabía; ante tan coyuntural intuición, una
alegría rebosante recorrió todo su cuerpo, pues era esta la ocasión para
brindar a los demás este gran fruto de la Hespéride huidizo a la gran mayoría.
Listo para dar a todos lo siempre guardado, se topó con la presencia de
unos tubos que obstaculizaban el incorporarse, de una aguja que le inoculaba
una gran cantidad de suero, que a su lado se encontraba una máquina que media
su ritmo cardiaco, que…
Al final solo al final, recordó lo difícil de moverse a los 250 años.
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