lunes, 9 de junio de 2014

EL SABELOTODO



Acostado, recordaba todo lo vivido; feliz de tanto camino recorrido y de tantas cosas hechas tan bien. Este buen hombre tenía el privilegio de saber por qué las flores son flores y no caballos; por qué el cielo al atardecer es tan hermoso o por que el amor te enloquece; sabía además por qué el átomo es pequeño y por qué los hipopótamos no vuelan. Este hombre sabía la respuesta a todo tipo de pregunta posible.
Reflexionando se dio cuenta que aún le faltaba algo por saber y era precisamente que sabía todo lo que sabía; ante tan coyuntural intuición, una alegría rebosante recorrió todo su cuerpo, pues era esta la ocasión para brindar a los demás este gran fruto de la Hespéride huidizo a la gran mayoría.
Listo para dar a todos lo siempre guardado, se topó con la presencia de unos tubos que obstaculizaban el incorporarse, de una aguja que le inoculaba una gran cantidad de suero, que a su lado se encontraba una máquina que media su ritmo cardiaco, que…
Al final solo al final, recordó lo difícil de moverse a los 250 años.

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