Y
este hermoso ser de piel plateada se hallaba bailando por una parte del vasto universo,
llenando de alegría y seducción las vidas de aquellos que tenían el privilegio
de verla. Todo a su paso sentía afán de plenitud, pues ella era la prueba de
que tal esperanza no era nula.
Sin
embargo, un día ocurrió lo inevitable. Empezó a sentir punzadas sobre
diferentes puntos de su piel. He aquí, que se encontraban ciertos seres
bípedos, monos desnudos ansiosos de tan esbelto y bello ser. Ella de sentir tan
ansiosas punzadas, corrió despavorida y sus acechadores tras ella. Ella
escurridiza como el aire, esquivaba las sagitas de sus ávidos cazadores; mas pronto se dio cuenta
que a pesar de ser asestadas por dichas saetas, no presentaba herida alguna
sino tan solo caricias... ella se sintió voluptuosa y de nuevo bailaba.
Aquellos
extraños monos gracias a la compañía continua de aquel ser fantástico,
paulatinamente fueron dejando la primacía de su ser a la necesidad, adquiriendo
un germen raro que tendía a la admiración de la perfección. Más de este amor
desmedido que se creó entre estos dos seres, del cielo se mandó un castigo, por
haber incumplido la primacía pactada.
Un
ser gigantesco, muy fuerte y violento, cargado de muchas cadenas, apresó a
todos los seres que habían aprendido a admirar. El ahora dueño de sus vidas,
les ordenaba a todos qué hacer y cómo hacerlo. Iracundo pudo ver como aun
algunos de sus presos desobedeciendo sus órdenes continuaban observando aquel
ser sin objeto y razón alguna. Por ello y con una de las cadenas sobrantes, le
asesto un golpe tan fuerte que de aquel bello y argento todo, solo quedaron
miles y miles de partes.
A
pesar de ello, aquellos seres cuando su teratos duerme, recogen uno por uno los
miles y miles de partes de su ser amado. Estos albergan aún la esperanza futura
de unirla, para así dar de nuevo vida al ser que les permitía traslucía de su
interior aquella semilla de divina abundancia que ahora en la oscuridad es de
sólo angustioso vacío.
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