miércoles, 1 de julio de 2015

LA VOZ

En un paraje olvidado hombre y mujer se conocieron y juraron amarse eternamente. Ambos miraron alrededor y al no ver límite alguno, se dispusieron hacer juntos una gran muralla que delimitara una fracción del lugar. Fue este un trabajo dispendioso, mas su juventud aún se reía del taciturno tiempo. Pronto la progenie fue creciendo y de ver su conducta anómala, resolvieron de nuevo juntos construir un conjunto de reglas que permitiera su sana convivencia. Luego de un tiempo los resultados de estas fueron infructuosos.

Como modo de solucionar el problema decidieron construir un fortín en el centro del lugar. Allí vivirían solo ellos y observarían sin ser vistos a los infractores, que por medio de un altavoz se recriminarían y se les dictaminaría la justa pena. El tiempo pasó y el conocimiento de los humanos que crecían ahí, estaba determinado por la voz; tanto que les enseñaba que preguntarse por la causa de la voz emanada del altoparlante, era una contradicción:
-¿Qué importa la causa, si las reglas ya son leyes universales? ¿Acaso la armonía existente no hace evidente la justeza de las mismas? Les repetía constantemente el altavoz. Gracias a ello, la voz emanada del fortín se hizo verdad, disipando así paulatinamente el fútil preguntar. 

El hombre y la mujer no se habían percatado del lento y despiadado transito del tiempo por sus cuerpos, tanto que al darse cuenta de ello ya era tarde. Los días pasaron y la comunidad se sintió extrañada del mutismo de su tutor. Se construyeron altares y tributaron sinnúmero de presentes, mas todo fue en vano. Los hombres aterrados se abalanzaron sobre el fortín central y al destruirlo se sintieron devastados.

Dentro de los despojos se encontraban los cuerpos arrugados de dos seres iguales a ellos. Éstos aunque no tenían movimiento alguno, parecía como si algo de ellos se hubiese ido ¿qué les puede faltar? Si ellos son iguales a nosotros ¿qué va ser de nosotros si nos espera lo mismo que a ellos?
… y a la pregunta le nacieron alas.
Luego todos aún más aterrorizados se abalanzaron contra la gran muralla y al derribarla el horizonte los esperaba mostrándoles lo ilimitado del paisaje.
… y la pregunta voló al infinito.

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