En un paraje olvidado hombre y mujer se conocieron y juraron amarse
eternamente. Ambos miraron alrededor y al no ver límite alguno, se
dispusieron hacer juntos una gran muralla que delimitara una fracción
del lugar. Fue este un trabajo dispendioso, mas su juventud aún se reía
del taciturno tiempo. Pronto la progenie fue creciendo y de ver su
conducta anómala, resolvieron de nuevo juntos construir un conjunto de reglas que
permitiera su sana convivencia. Luego de un tiempo los resultados de
estas fueron infructuosos.
Como modo de solucionar el problema
decidieron construir un fortín en el centro del lugar. Allí vivirían
solo ellos y observarían sin ser vistos a los infractores, que por medio
de un altavoz se recriminarían y se les dictaminaría la justa pena. El
tiempo pasó y el conocimiento de los humanos que crecían ahí, estaba
determinado por la voz; tanto que les enseñaba que preguntarse por la
causa de la voz emanada del altoparlante, era una contradicción:
-¿Qué
importa la causa, si las reglas ya son leyes universales? ¿Acaso la
armonía existente no hace evidente la justeza de las mismas? Les
repetía constantemente el altavoz. Gracias a ello, la voz emanada del
fortín se hizo verdad, disipando así paulatinamente el fútil preguntar.
El
hombre y la mujer no se habían percatado del lento y despiadado
transito del tiempo por sus cuerpos, tanto que al darse cuenta de ello
ya era tarde. Los días pasaron y la comunidad se sintió extrañada del
mutismo de su tutor. Se construyeron altares y tributaron sinnúmero de
presentes, mas todo fue en vano. Los hombres aterrados se abalanzaron
sobre el fortín central y al destruirlo se sintieron devastados.
Dentro
de los despojos se encontraban los cuerpos arrugados de dos seres
iguales a ellos. Éstos aunque no tenían movimiento alguno, parecía como
si algo de ellos se hubiese ido ¿qué les puede faltar? Si ellos son
iguales a nosotros ¿qué va ser de nosotros si nos espera lo mismo que a
ellos?
… y a la pregunta le nacieron alas.
Luego todos aún
más aterrorizados se abalanzaron contra la gran muralla y al derribarla
el horizonte los esperaba mostrándoles lo ilimitado del paisaje.
… y la pregunta voló al infinito.
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