lunes, 3 de agosto de 2015

EL MILAGRO



La señora con la fe del creyente, se encontraba postrada a la base de la gran piedra. Decían que lo que se le pidiera se cumplía, solo si claro está, se efectuaban cada una de las siguientes reglas de oro:
1.         Estar vendado y arrodillada frente al monumento, sobre unas piedrillas puntiagudas.
2.         Su columna en conjunto con sus piernas, deben de formar un ángulo exacto de 90°.
3.      Las oraciones deben de durar exactamente treinta minutos. Luego se hará un descanso meditativo de cinco minutos y se continúa con siete oraciones de igual duración con iguales lapsos de descanso.
4.         Cumplido a cabalidad lo anterior, se da paso a la petición (solo debe ser una). Esta tiene como requerimientos:
a)      Si es un milagro pequeño, con el anterior número de oraciones es suficiente y se debe sumar a ello, dos animales de tres a cinco kilos de peso cada uno y un peso igual en harina, sal o azúcar.
b)      Si el milagro es mediano, se bebe doblar el número de oraciones y sumar a ello dos animales de cincuenta a noventa kilos y un peso igual en harina, sal o azúcar.
c)      Si el milagro es grande se debe triplicar el número de oraciones y sumar a ello dos animales de cien kilos en adelante  o su correspondiente en tierras de cultivo.
5.         Esta ofrenda se debe entregar al sacerdote que este al lado de la piedra.
La señora ferviente seguidora de la tradición, había llevado como tributo las dos únicas cabras que tenía. Teniendo presente que su milagro correspondía al segundo nivel, cumplió fervorosamente con cada uno de las anteriores reglas.
La fiel vio pasar el tiempo pero no vio tras él el milagro deseado. Triste pensó que la causa sería el no haber cumplido correctamente alguna de las reglas. Limpiando sus lágrimas  decidió entonces que lo mejor sería repetir el ritual y mandó a su hijo para que trajese el resto de animalitos que tenía en su corral.
Después de pasado el debido ritual los efectos fueron de nuevo nulos, desesperando aún más a la creyente. La angustia la rondaba, por cuanto la tradición dictaba que aquellas personas a las cuales no se les cumplía el milagro eran malditas.
Flagelada de tan punzantes pensamientos, alcanzó a divisar a lo lejos del camino situado al margen del altar algo que emitía un brillo muy singular. Pronto lo que era un brillo, ahora le causaba consternación, un hombre completamente harapiento y sucio se posó frente a ella con una enorme sonrisa.
Para sí pensó –si este hombre en estas condiciones sonríe de esta manera ¿por qué yo no? Señor –le preguntó- ¿cuál es el motivo de su alegría?
El andrajoso hombre le respondió:
-En el pasado perdí todo pidiendo a esta piedra, pero ahora que encontré al Maestro no encuentro respuestas y milagros postrado frente a ella, los hallo en cualquier lugar y sin necesidad de ofrendar nada más que mi existencia. Todo lo que me rodea –abriendo sus brazos y mirando al cielo- me dijo el Maestro es condición para lograr lo que pida, tanto que…
Su discurso fue roto abruptamente por su acompañante imaginario que le invitó a seguir el camino. Este cortésmente quitó su sombrero –imaginario también- y se despidió de la señora siguiendo alegre el camino mientras dialogando con su amigo. 
Las palabras dichas por este hombre habían calado en la creyente brindando un horizonte nuevo de esperanza a su ávido deseo de milagros. Con esta nueva visión comprendió que no había un lugar específico para pedir lo deseado ya que todo lo creado era susceptible de ser altar.
Desbordada de alegría comenzó de nuevo a orar. Pasado un día de oración… NADA. Pronto irrumpieron en ella de nuevo los demonios que antes creyó extintos ¿Cómo le creo a ese estúpido loco? ¿Qué hago ahora que todo en lo que creía se desvanece en mi alma? Y las lágrimas humedecían su resquebrajada fe.
Al final del camino volvió la señora a ver a alguien que se acercaba, era su hijo que se acercaba con una carretilla. Ya junto a ella el niño sacó algo de la carretilla y sonriendo le dijo: -Toma mamá con estas muletas podrás de nuevo caminar.

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