Mientras deambulaba por la calle, meditaba sobre un poco
de esto y de aquello. Tratando de disiparme de tan agobiante ciclo, divisé a lo
lejos el lugar que posibilitaría mi desconexión. Ya en el bar, me senté en una
de las sillas de la barra y pedí al cantinero una cerveza. Dos sillas a mi
izquierda se encontraba un hombre medio ebrio, con su cara brillante y roja.
Luego de observarme y hacerme una mueca, que francamente no pude comprender si
era amigable o de desagrado, continuo su conversación con el cantinero. Aunque
mi propósito al entrar al bar era otro y siendo tan fácil y en ocasiones
agradable escuchar conversaciones ajenas, me dispuse -sin que lo notasen los
hablantes- a escuchar atentamente su conversación.
-¡Sí señor, ese tipo sí que es todo un macho! - Decía el ebrio mientras
despeinaba su ya enmarañado cabello.
- Recuerdo el día que vinieron a pelearse dos mujeres
bellísimas por él y aunque no me creás, le tuve que decir al galán que se fuera
con sus problemas a otro lado; pero sabés, no te niego que me temblaban las
patas mientras se lo decía - Acotaba el cantinero mientras miraba a tras luz
los vasos que limpiaba.
- ¡No jodás! ¿Entonces si era cierto lo del “siete
mujeres”? Decía excitado el ebrio, mas el
cantinero se le acerco y le dijo casi susurrándole: - más bien le
colocaría el “siete muertos”, pues por si no lo sabés hace muy poco salió de la
cárcel y como maneja tanto billete, parece que pagó bastante para poder salir
rápido.
El ya borracho, tomo un gran trago de aguardiente y con
tono acongojado afirmo: -Ese man si que es todo un macho-. Mientras movía su
cabeza de un lado a otro.
El cantinero para tratar de motivar al ya casi dormido
cliente, continuo diciéndole: - Eso sí es verdad, porque imagínese que...-
Abruptamente corto la conversación el cantinero, pues se
empezó a escuchar un sonido sordo acompañado de leves vibraciones, que a medida que pasaba el tiempo iban
aumentando su fuerza. Pronto del diálogo estentóreo que da el alcohol, se paso
al susurro que da el temor.
Mi corazón empezó a latir con mayor frecuencia, porque
por lo que veía en los demás, lo que se acercaba no era para nada “amigable”. Me
paré y traté de pagar al cantinero y este invitándome a sentarme de nuevo me
dijo con vos entrecortada y nerviosa: -Es por su seguridad, la persona que
viene no le gusta que nadie salga cuando el va a entrar. Sin preguntar el por
qué e imaginándome de quien era, me senté y rápidamente el sudor empezó
profusamente a empapar mi frente. De un solo golpe se abrió la puerta del bar y
a través de un espejo que se encontraba frente a mí, pude observar esa gran
amenaza.
Era un hombre de unos dos metros de altura, gran
musculatura, tez trigueña y cabello muy corto. De su cara no salía gesto alguno
y tratando que lo que pensara no se notara, se cruzo por mi mente la imagen de
un zombi. Aquel coloso fue acercándose cada vez más hacia mí y yo en un esfuerzo
sobre-humano agarre la cerveza y tome un trago, interpretando las líneas que me
tocaban en esta extraña obra de terror.
El cantinero le preguntó que si deseaba lo de siempre, y
una voz como de caricatura le respondió:
-sí, lo de siempre.
Atónito y no aguantando la curiosidad trate de soslayo,
ver de donde procedía tan cómica voz...
Atónito quede al ver que tal voz venia de su pistola.
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