En la cuadra de su barrio:
-¡Ahí viene! Siempre tan linda, tan preciosa, tan... ella. ¡Oh! Me está mirando ¿Será que le gusto? ¡Me está sonriendo!Pensaba alegremente el joven, mientras se acercaba a él, la mujer de sus sueños.
-Otra vez este pendejo. No se qué es lo que tanto me
mira. Apuesto que cree el muy imbécil que me gusta -.
Pensaba la bella joven,
mientras arreglaba su sedoso cabello.
En el colegio:
-¿Será que este señor sabrá lo mal que me cae? No se dará
cuenta que es por eso, que discuto tanto en su clase. Viejo dogmático-.
Pensaba
el joven mientas tomaba apuntes en su cuaderno para contradecir al profesor.
-¡Ah! Como me recuerda este joven a mí cuando era
estudiante: interpelaba, refutaba, discutía con mi docente de filosofía... ¡A
tiempos aquellos! En que aun la libertad y la mi voluntad bailaban en mi
existencia-.
Pensaba melancólicamente el profesor mientras esperaba ansioso el
embate del joven.
En su casa:
-¡Ah mí mamá! Siempre entregada al que-hacer del hogar.
Siempre dándose de corazón a nosotros; dejaría todo lo que soy por estar tan
seguro de lo que hago, como lo está ella.
Pensaba el joven, mientras sonreía desde la mesa de estudio a su madre, que barría rápidamente la cocina.
Pensaba el joven, mientras sonreía desde la mesa de estudio a su madre, que barría rápidamente la cocina.
- Mírelo sentado, incapaz de ayudarme en nada, todo por
el pretexto de “estar estudiando”. Que mas quisiera yo estar en su lugar y no
estar aquí haciendo algo que día a día me tiene tan aburrida.
Pensaba la frustrada madre.
Ya en su cuarto, el joven entregó todo su empeño en el
fin de semana, para construir la gran obra de sus sueños: la maquina que le
permitiría saber lo que pensaban los demás.
Domingo en la tarde en su casa:
-¡Eureka! Lo he logrado.
Brincaba felizmente el joven.
En el anochecer del lunes su madre confundida, le decía
temblando al investigador que ignoraba el por qué Jorge, había quemado su pieza
y había dado fin a su vida de manera tan terrible.
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