lunes, 17 de febrero de 2014

HUIR AL OLVIDO Ó DESEAR SU LLEGADA…



“Porque no ha de ser eterna la memoria del sabio, como no lo es la del necio;
y los tiempos venideros sepultarán en el olvido todas las cosas; muriendo así el docto como el ignorante”[1]
¿Qué hace a este deseo convertirse en dilema?
Dilema porque huir de él  hace sentir lo inefable de la trascendencia; y desear su llegada es bálsamo para las heridas abiertas por el recuerdo. Sabiendo grosso modo el fin de cada tentáculo de este nuestro dilema, nos preguntamos ¿Qué hace entonces aflorar este tipo de deseo? Miremos la primera arista del dilema: El olvido nos lleva a dejar de ser recordados, a ser grano de arena en la infinita playa de la temporalidad. Así, quien no es recordado no es héroe, no es tema de las glosas del poeta. Por ello quien sale al paso al olvido, rompe en muchos casos su esquema de conservación, en aras de marcar con su existencia la marcha infatigable del tiempo. Con la huella temporal, el poeta cuenta la historia del héroe y así cumple su sueño de ser recordado por siempre. Este acercamiento es compartido por nuestra cultura en la medida que privilegia y ensalza lo que a la postre ella determina como digno de ser contado. El concepto de estrella, celebridad o exitoso es una manera de evidenciarlo. Lo paradójico emerge en esta lectura cuando escrutamos con mayor detenimiento su fin ¿Es el ser recordado o la sensación de ser héroe el fin buscado? O dicho de otro modo ¿Es el héroe conciente de su heroísmo en el acto de llevarlo a cabo o luego de que se le glorifica?

Pensemos en la primera pregunta. La cultura actual privilegia ciertos cánones de éxito y quien los cumple obtendrá tanto el ser recordado, como obtener la satisfacción del reconocimiento. No obstante lo anterior, el recuerdo de este grupo de personas es en su gran mayoría mediático, siendo muy pocos los que alcanzan la gloria de la posteridad. La segunda pregunta es a mi juicio la que más genuinamente respondería al ser de lo heroico, pues es el acto glorioso aquel que deviene en tema del poeta. Podemos llegar a afirmar que son meros accesorios el ser tema para el recuerdo, en tanto que es la sangre del valiente en su acto lo que le premia y le hace marcar su experiencia de un recuerdo digno de ser traído a la memoria aunque sea sólo para él. Alguien podría decir que el reconocimiento es acicate primordial para el héroe pero reiteramos su carácter  efímero. Pensemos en la mejor loa de todos los tiempos. En ella se refleja de la forma más viva posible algunas de las más memorable hazañas de un héroe ¿Estas hazañas descritas reviven la experiencia vivida por el héroe? ¡No! Solo son un remedo de lo que de plano resulta indiscernible, inefable. Dicho en otros términos, las palabras traen a la memoria lo que desde la perspectiva del poeta hizo el héroe, pero no traen nunca al héroe mismo, este es hace tiempo ya presa del olvido. Pensamos entonces que el acto heroico está allende a nosotros, de él sabemos sólo un eco que está expresado en testimonios escritos o artísticos que de plano no son aquel que los posibilitó.
   
Lo anterior desearía que no se viera como un demeritar el trabajo del poeta, lo buscado con lo anterior es solo tratar de precisar su alcance. Adicional a ello, tampoco pienso que los actos heroicos no sean dignos de ser recordados[2]; lo que reitero es que su fin no es el afán del reconocimiento, el ser recordado o el no caer en el olvido, sino que su fin se manifiesta en el acto, en el desarrollo mismo de tal hazaña.

En el segundo punto del dilema inicial, se debe hacer un ejercicio contario de lo hasta aquí hecho. No se busca ahora huir del olvido sino tratar de construir alguna estratagema que nos permita que algo que afecta nuestra mente, nuestros sentimientos, nuestra vida anímica caiga presa de las redes del olvido. El tiempo cura las heridas ó el tiempo lo cura todo rezan dichos que esperamos sean bitácora para salir de este laberíntico sendero. Los recuerdos que nos duelen son en su mayoría producto de algo que disfrutamos, que vivimos con plenitud y que mientras se vivían se quería que jamás se fueran de la experiencia. Pasadas circunstancias diversas, lo que antes era luz que guiaba nuestras vidas, ahora es sólo oscuridad y desesperación por hacer perder de vista nuestro horizonte. El dolor es ahora presa de nuestro ser y el olvido es petición y ruego a los dioses. Estos últimos para brindar tal beneficio piden a sus creyentes sacrificios y holocausto terribles, lo cual tristemente no garantiza a corto o mediano plazo su cumplimiento. De este modo, buscar el olvido parecería alcanzarse de modo fácil en la medida que prácticas diversas y el mero paso del tiempo son las curas infalibles ante este cercano enemigo. Habría ante este primer acercamiento preguntas por hacer, en tanto que lo que se busca olvidar no es cualquier tipo de experiencia sino una en la que la víctima ha sido profundamente marcada. Tomemos el siguiente ejemplo para mostrar de modo más gráfico el problema: Una herida profunda en la piel pide de nosotros un cuidado especial; pero aún así y a pesar de los cuidados la cicatriz persistirá y será fiel testimonio del paso del tiempo en nuestro ser. De modo analógico, un recuerdo vívido jamás se borrará de nuestra mente, sólo será fruto de un trabajo continuo el hecho que se pueda controlar. Así las cosas, podríamos colegir que los recuerdos que marcan nuestra existencia se olvidan posiblemente sólo con la muerte y que sólo gracias al tiempo se pueden paulatinamente controlar.

Regresemos de nuevo a la pregunta inicial y preguntémonos por un momento por nuestro dilema y si luego de lo dicho aún persiste el mismo. Decíamos de una parte, que el producto de nuestras hazañas y su trascendencia en la cultura era la manifestación de lo inmortal y que de ello sólo nos llevábamos una experiencia grandiosa hasta que la muerte toque nuestra puerta. Por otro lado, decíamos que el olvido de vivencias significativas no es posible, sólo es controlable durante el transcurso de nuestra vida hasta que la muerte toque nuestra puerta. La cruda síntesis a la que hemos llegado nos muestra de un modo un porvenir sombrío que está a la puerta y que es inexorable: la muerte; pero de otro lado, está una oportunidad preciosa de realización genuina, donde lo heroico se hacen presentes en muchos de los actos que cotidianamente realizamos y no importando lo que la cultura diga de ellos, su importancia radica en la felicidad que vivimos durante su realización o el arte para controlar el recuerdo doloroso que inexorablemente acompañará nuestra existencia.


[1] Biblia, Eclesiastés, Cap. 2 – ver. 16.
[2] Pues estimo que son éstos maneras de modelar la cultura.

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