“Porque no ha de ser
eterna la memoria del sabio, como no lo es la del necio;
y los tiempos venideros
sepultarán en el olvido todas las cosas; muriendo así el docto como el
ignorante”[1]
¿Qué hace a este deseo convertirse en dilema?
Dilema porque huir
de él hace sentir lo inefable de la
trascendencia; y desear su llegada es
bálsamo para las heridas abiertas por el recuerdo. Sabiendo grosso modo el fin de cada tentáculo de
este nuestro dilema, nos preguntamos ¿Qué hace entonces aflorar este tipo de
deseo? Miremos la primera arista del dilema: El olvido nos lleva a dejar de ser
recordados, a ser grano de arena en la infinita playa de la temporalidad. Así,
quien no es recordado no es héroe, no es tema de las glosas del poeta. Por ello
quien sale al paso al olvido, rompe en muchos casos su esquema de conservación,
en aras de marcar con su existencia la marcha infatigable del tiempo. Con la
huella temporal, el poeta cuenta la historia del héroe y así cumple su sueño de
ser recordado por siempre. Este acercamiento es compartido por nuestra cultura
en la medida que privilegia y ensalza lo que a la postre ella determina como
digno de ser contado. El concepto de estrella, celebridad o exitoso es una
manera de evidenciarlo. Lo paradójico emerge en esta lectura cuando escrutamos
con mayor detenimiento su fin ¿Es el ser recordado o la sensación de ser héroe el
fin buscado? O dicho de otro modo ¿Es el héroe conciente de su heroísmo en el
acto de llevarlo a cabo o luego de que se le glorifica?
Pensemos en la primera pregunta. La cultura actual privilegia
ciertos cánones de éxito y quien los cumple obtendrá tanto el ser recordado,
como obtener la satisfacción del reconocimiento. No obstante lo anterior, el recuerdo
de este grupo de personas es en su gran mayoría mediático, siendo muy pocos los
que alcanzan la gloria de la posteridad. La segunda pregunta es a mi juicio la
que más genuinamente respondería al ser de lo heroico, pues es el acto glorioso
aquel que deviene en tema del poeta. Podemos llegar a afirmar que son meros
accesorios el ser tema para el recuerdo, en tanto que es la sangre del valiente
en su acto lo que le premia y le hace marcar su experiencia de un recuerdo
digno de ser traído a la memoria aunque sea sólo para él. Alguien podría decir
que el reconocimiento es acicate primordial para el héroe pero reiteramos su
carácter efímero. Pensemos en la mejor
loa de todos los tiempos. En ella se refleja de la forma más viva posible
algunas de las más memorable hazañas de un héroe ¿Estas hazañas descritas
reviven la experiencia vivida por el héroe? ¡No! Solo son un remedo de lo que
de plano resulta indiscernible, inefable. Dicho en otros términos, las palabras
traen a la memoria lo que desde la perspectiva del poeta hizo el héroe, pero no
traen nunca al héroe mismo, este es hace tiempo ya presa del olvido. Pensamos
entonces que el acto heroico está
allende a nosotros, de él sabemos sólo un eco que está expresado en testimonios
escritos o artísticos que de plano no son aquel que los posibilitó.
Lo anterior desearía que no se viera como un
demeritar el trabajo del poeta, lo buscado con lo anterior es solo tratar de precisar
su alcance. Adicional a ello, tampoco pienso que los actos heroicos no sean
dignos de ser recordados[2]; lo
que reitero es que su fin no es el afán del reconocimiento, el ser recordado o el
no caer en el olvido, sino que su fin se manifiesta en el acto, en el
desarrollo mismo de tal hazaña.
En el segundo punto del dilema inicial, se debe
hacer un ejercicio contario de lo hasta aquí hecho. No se busca ahora huir del
olvido sino tratar de construir alguna estratagema que nos permita que algo que
afecta nuestra mente, nuestros sentimientos, nuestra vida anímica caiga presa
de las redes del olvido. El tiempo cura
las heridas ó el tiempo lo cura todo rezan
dichos que esperamos sean bitácora para salir de este laberíntico sendero. Los
recuerdos que nos duelen son en su mayoría producto de algo que disfrutamos,
que vivimos con plenitud y que mientras se vivían se quería que jamás se fueran
de la experiencia. Pasadas circunstancias diversas, lo que antes era luz que
guiaba nuestras vidas, ahora es sólo oscuridad y desesperación por hacer perder
de vista nuestro horizonte. El dolor es ahora presa de nuestro ser y el olvido
es petición y ruego a los dioses. Estos últimos para brindar tal beneficio piden
a sus creyentes sacrificios y holocausto terribles, lo cual tristemente no
garantiza a corto o mediano plazo su cumplimiento. De este modo, buscar el
olvido parecería alcanzarse de modo fácil en la medida que prácticas diversas y
el mero paso del tiempo son las curas infalibles ante este cercano enemigo.
Habría ante este primer acercamiento preguntas por hacer, en tanto que lo que
se busca olvidar no es cualquier tipo de experiencia sino una en la que la
víctima ha sido profundamente marcada. Tomemos el siguiente ejemplo para
mostrar de modo más gráfico el problema: Una herida profunda en la piel pide de
nosotros un cuidado especial; pero aún así y a pesar de los cuidados la
cicatriz persistirá y será fiel testimonio del paso del tiempo en nuestro ser.
De modo analógico, un recuerdo vívido jamás se borrará de nuestra mente, sólo
será fruto de un trabajo continuo el hecho que se pueda controlar. Así las cosas, podríamos colegir que los recuerdos que
marcan nuestra existencia se olvidan posiblemente sólo con la muerte y que sólo
gracias al tiempo se pueden paulatinamente controlar.
Regresemos de nuevo a la pregunta inicial y
preguntémonos por un momento por nuestro dilema y si luego de lo dicho aún
persiste el mismo. Decíamos de una parte, que el producto de nuestras hazañas y
su trascendencia en la cultura era la manifestación de lo inmortal y que de
ello sólo nos llevábamos una experiencia grandiosa hasta que la muerte toque
nuestra puerta. Por otro lado, decíamos que el olvido de vivencias
significativas no es posible, sólo es controlable durante el transcurso de
nuestra vida hasta que la muerte toque nuestra puerta. La cruda síntesis a la
que hemos llegado nos muestra de un modo un porvenir sombrío que está a la
puerta y que es inexorable: la muerte;
pero de otro lado, está una oportunidad preciosa de realización genuina, donde lo
heroico se hacen presentes en muchos de los actos que cotidianamente realizamos
y no importando lo que la cultura diga de ellos, su importancia radica en la
felicidad que vivimos durante su realización o el arte para controlar el
recuerdo doloroso que inexorablemente acompañará nuestra existencia.
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