Después de muchas plegarias una olvidada semilla fue bendecida por la casualidad. Los cuatro elementos se hicieron presentes para su mágico nacimiento. El agua acarició la tierra y el aire llegó hablando con el sol. Los elementos padres adoptivos de la semilla, vieron con alegría, como de ésta brotaron sus primeras raicillas y sus minúsculas hojas
La
tierra y el agua acariciaban la tierna raicilla, dándole ambos a la hora
indicada el alimento; por otra parte el sol y el aire, le daban las
instrucciones necesarias para respirar y seguir creciendo. Pronto se gesto una
gran gresca entre algunos de los elementos; el sol le recriminaba al agua, las
atenciones que tenia éste con la tierra. El agua por su parte le decía al sol,
que este sólo tenía envidia, por no poder estar tan cerca como estaba siempre
él de la hermosa tierra. La tierra callada, solo presenciaba esta interminable
discusión. El agua para enfurecer aún más al sol, beso apasionadamente a la
tierra; éste rechinando de calor, hizo rápida la despedida del amado.
La
planta ya florecida no entendía el problema y el viento verbo del aire, le
susurro los últimos acontecimientos... y le prevenía de los venideros. Penosamente
la planta empezó a vivir en carne propia las consecuencias de tan injusta
disputa.
La
cólera del sol hizo que la tierra se resecara y resquebrajara; el aire
consternado preguntó al sol, por qué él también debía soportar las
consecuencias que otros habían causado, el sol soberbio, como respuesta calentó
aún con más fuerza. La
planta no comprendía el por qué aquellos que te traen a la vida con amor, te la
quitan sin ningún remordimiento.
Mientras
expiraba la planta con sus últimas gotas de aliento, le pidió un último favor a
su gran amigo el viento; éste triste
empezó a esparcir por su ser las esperanzas de vida de aquella su confundida
amiga. Mientras el viento cumplía el último deseo de la planta, pensaba lo
paradójico que es nacer en el desierto.
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